Capítulo 35. Los rostros de unos muertos

3

La mujer de apelmazados cabellos cenizas había logrado tranquilizar a Bastián con los acordes de una melancólica tonada. Pese al constante bullicio de los ebrios contertulios, la chingana era el único lugar en el que los nervios del maestre de campo se relajaban. Había bajado media jarra de vino caliente, mas su cuerpo apenas lo sentía, pues el frío del invierno era tal que aquel brebaje le parecía, con suerte, una mera infusión de hierbas.

–Maestre de campo –un criado le tiró de la capa–, lo busca el capitán de las Espadas de los Caminos.

–¿Dónde está?

–Acompáñeme.

La mujer de apelmazados cabellos cenizas siguió al maestre con la mirada hasta que lo perdió de vista.

No detuvo su música.

En una oscura sala de la casona real, iluminada apenas por un par de velas, Lucio Molinero, capitán de las Espadas de los Caminos, esperaba a Bastián acompañado por otro espadachín, un mocetón de cara infantil y sonrisa ruin.

–No sé si son malas o buenas nuevas las que os traigo, maestre –habló el capitán–. Las Espadas de los Caminos me han informado que los senderos están infestados de bandoleros y cuatreros. Las rondas son cada vez más sangrientas y mis hombres están cansados de tanto agitar la espada.

–Al grano, capitán. ¿Tenéis prueba de que algunos de esos bandoleros sean mercenarios de Estrechos? –preguntó Bastián.

–No puedo asegurarlo, maestre. Caras viejas y nuevas se han atrapado. Es por ello que he venido con este mozo, el más joven de las espadas. Preséntate ante el maestre de campo –ordenó Lucio.

El joven espadachín hizo una pequeña reverencia.

–Mi nombre es Blasco Fontanalta, hijo de Juan Fontanalta, maestre.

–¿El mismo Juan Fontanalta que es caballero en los tercios del rey Francisco de Odragón? –preguntó Bastián entornando los ojos.

–Sí, maestre. También es miembro de la Orden del Tenebrario. –Se llevó la diestra al pecho con orgullo.

–He oído de él y también he oído de vuestra merced. Nunca os había visto en persona. Por todas las historias que cuentan, pensaba que erais mayor, mas veo que apenas llegáis a la veintena. Contadme, pues, ¿qué es lo que han visto?

–Este chiquillo se enfrentó y derrotó a dos sujetos con entrenamiento militar avanzado –intervino Lucio.

El maestre arqueó una ceja.

–La mayoría de las veces los bandidos que apresamos en los caminos son hambrientos que atacan pequeñas caravanas para obtener algunos sacos de pan o cereales. Apenas saben maniobrar la espada, mi señor –explicó el joven Blasco Fontanalta–. Con suerte no nos reímos de ellos cuando el acero se les cae de las manos por el miedo. Siempre ha sido así. Al final del día, su majestad los perdona y les otorga terrenos y herramientas para que trabajen la tierra. Gracias a estas políticas de nuestro amado rey hemos mantenido la paz en el reino y este ha crecido. Sin embargo, hace dos noches me vi enfrentado a algo totalmente distinto.

Bastián se sirvió un vaso de vino, le dio otro al capitán y se sentó en el escritorio de la pequeña sala, dispuesto a escuchar la narración.

–Camino a Campo Yermo –prosiguió el mozuelo– me hospedé en la Posada del Peregrino para guarecerme de la lluvia. Buena gente sus dueños. Al verme llegar con la capa estilando me ofrecieron pan con tocino, caldo de vaca y una buena conversación que duró hasta pasada la medianoche. A esas horas de la madrugada alguien golpeó fuertemente la puerta, mostrando un nulo atisbo de respeto ni cuidado de los buenos modales. El posadero, que de pequeño nada tenía, abrió su estancia y de un segundo a otro cayó herido por el tajo de una espada. Su esposa acudió en su auxilio, mas solo consiguió un puntapié en la barriga. En ese momento vi dos siluetas recortadas en el umbral de la puerta, ambas con espada en mano y un arcabuz. Me presenté como una Espada de los Caminos, mas se rieron de mi rango. Entrambos me atacaron a la velocidad del rayo y me tuve que defender con lo que tuviera a mi alcance, pues mi espada reposaba en mi habitación. Me valí de un bastón que un viejo borracho me entregó, con el que conseguí, con no poco esfuerzo, robar el sable de uno de mis atacantes, el mismo que, luego, me disparó a quemarropa. Grande es Nuestra Señora, pues la bala solo atravesó la capa. –Mostró el agujero que le había dejado el proyectil–. Al tiempo que el mocetón recargaba, logré herirlo de muerte. Su acompañante me atacó con ira y con el filo de su hoja me hirió el brazo y la pierna, haciéndome caer. El posadero se levantó para ayudarme, mas, herido como estaba, nada pudo hacer. “El perro”, le grité a la esposa. “¡Soltad a mi perro!”. La mujer corrió al patio y abrió la jaula de Fauces, que, feroz como él solo, devoró la garganta del segundo bandido.

–¿Fauces?

–El perro perdiguero que siempre lo acompaña, maestre… es una larga historia –acotó Lucio y agitó la mano como si fuera algo sin importancia.

–Esos dos eran espadachines expertos –continuó el muchacho–. Se notaba por como se desempeñaban con la espada, la quitapenas y el uso de la capa. No eran los típicos bandoleros hambrientos de Tierra Amarga. Si esos dos no eran mercenarios, yo no soy un fiel siervo de Nuestra Señora.

Bastián tenía el entrecejo fruncido. Movía los labios con algo de enojo y algo de preocupación. Hizo crujir los huesos de su mano.

–¿Dónde están los cuerpos de esos dos?

–En la Iglesia del Sagrado Halo –respondió Lucio.

El maestre meditó en silencio, se levantó del escritorio y miró por la ventana que daba a la plaza. A esa hora de la noche no transitaban los mercaderes ofreciendo su mercadería a gritos, ni las damas que paseaban del brazo junto a sus galanes señoritos. Solo el sereno rondaba con su fanal: “¡Las diez han dado y sereno!”, lo escuchó gritar a lo lejos. Cruzando la plaza estaba la iglesia, una edificación de madera y adobe de mediana envergadura que ni siquiera poseía campanario.

–Pues vamos al templo a ver a los susodichos.

–¿Cree que alguien nos reciba a esta hora, maestre? –preguntó Lucio con escepticismo.

–Si tenemos suerte estará fray Camilo Valleseco, un amigo de años y gran servidor del pueblo.

 

Caminaron por la vacía y silenciosa plaza de la capital, siempre vigilantes de su entorno, hasta llegar a una pequeña puerta de madera al costado del templo. Golpearon con la esperanza que fray Camilo los recibiera.

–¡Bastián, alabados los ojos que os ven! –los recibió fray Camilo, un hombre de baja estatura, delgado y de rostro bronceado. Vestía un hábito café. ¿Qué menesteres os traen al hogar de la Señora a estas horas de la noche?

–Nada muy religioso –respondió el maestre–. Mi compañía y yo solo deseamos ver unos rostros.

–¿Rostros?

–Sí, los rostros de unos muertos.

Bajaron las escaleras con sumo cuidado. La escasa luz de las antorchas de aquella lúgubre catacumba bajo la iglesia hacía que el más mínimo tropiezo fuese letal. Allí se encontraban una decena de cuerpos, desde ancianos muertos por la edad hasta niños que fallecieron de frío. Muchos se encontraban en nichos empotrados en las paredes y otros aún estaban sobre mesas de madera mohosa sin pulir, cubiertos con sábanas grisáceas a la espera de un rezo que les diera el descanso eterno. Blasco se cubrió la nariz con la capa para soportar el hedor que los cientos de flores no lograban opacar.

–¿Dónde depositasteis los cuerpos? –preguntó el maestre.

–El mozalbete que los recibió los dejó en aquellos mesones –respondió Blasco, apuntando al fondo de la catacumba.

Fray Camilo descubrió los pálidos cadáveres de los dos bandidos caídos en desgracia. La penumbra no permitía distinguir con detalle sus rostros, por lo que acercó el candelabro para que el maestre les viera mejor las facciones.

–Esa jeta malcarada y llena de cicatrices no me dice mucho. Sin embargo… –Les desabotonó las mangas de sus camisas y desnudó sus antebrazos–. Mirad esos tatuajes hechos a fuego. Ellos mismos se los hacen para saber a qué compañía pertenecen y así evitar infiltrados.

Acercaron sus cabezas a los cadáveres y vieron que ambos tenían en su antebrazo izquierdo una cruz formada por una espada ropera vertical y una quitapenas horizontal envueltas en una enredadera de espinas.

–Ambos son mercenarios de Estrechos, de la Compañía de la Cruz de la Beligerancia para ser más exactos –confirmó Bastián–. Tuviste suerte, Blasco. Conozco pocas personas que se hayan enfrentado a estos tipos y salieran con vida.

Se acomodó el chambergo y la capa.

–Poneos derechos, señores, que iremos a informar al rey.

 

El rey Tulio Hojaltiva se paseaba nervioso por el salón del consejo. Masajeaba sus nudillos frenéticamente tras recibir la información del maestre y casi como un tic golpeaba la mesa una y otra vez con el puño. “Mira que venir con una noticia así tan entrada la noche”, pensaba sin saber qué acciones tomar, por lo que había convocado a una junta extraordinaria a sus más leales consejeros. Junto a él se encontraban Bastián Bocablanca, Lucio Molinero, Blasco Fontanalta, Abdón Buenaventura, la sabia Acacia Saviaviva y el duque Evelio de Mondragón, todos de pie aguardando con impaciencia una respuesta del rey.

–Sin una confesión no hay nada que podamos hacer –sentenció finalmente, agitando con impotencia su mano abierta–. Sería injusto culpabilizar a los vivos por los pecados de dos muertos. Es imposible saber si atacaron esa posada siguiendo las órdenes de alguien que los contratara. Quizás solo tenían hambre, como muchos de los bandidos que se han capturado en el pasado. La única diferencia es que estos dos tenían experiencia en combate. ¿Qué pensáis, cuñado?

El duque Evelio respiró hondo, no sabía muy bien qué pensar. Se sentó en su puesto y se acarició la barba, esperando que eso le ordenase las ideas para decir algo juicioso.

–No hay confesión de los muertos, pero vuestros fieles soldados aquí presentes comprobaron que, al menos, un ataque ya ha sido perpetrado por mercenarios, y la marca de la Cruz de la Beligerancia es nuestra mejor prueba –respondió–. Podríamos detener a los demás sospechosos que anden por el reino y revisarlos en caso de que también sean miembros de aquella nefasta compañía. Si pertenecen a ella, bueno, habrá que… interrogarlos.

El rey sabía que ese interrogatorio podría significar, en caso extremo, el uso de torturas. No le gustaba la idea. Consideraba a Tierra Amarga como un reino civilizado, ajeno a todas aquellas prácticas que denostaban al ser humano. Se dejó caer sobre un sofá de terciopelo lila ubicado junto a la chimenea, esperando que el agradable calor del fuego le ayudara a pensar mejor.

–Si es que hay otra alternativa, no la puedo vislumbrar –resopló al fin con desgano.

–Entonces no la hay –le dijo la sabia con una voz tan seria que causaba miedo–. En mi hogar tengo a un hombre, un hombre de mi pueblo, a las puertas de la muerte. Estoy segura de que quedó en tal estado por obra de aquellos asesinos. Si no he informado de esto a Pumagrís y a los líderes de mi gente es porque he confiado en que harás lo correcto… pero hasta ahora me has decepcionado.

–Acacia tiene razón, cuñado. No podéis darle más vueltas al asunto. Debéis actuar.

–Y con prontitud –intervino el maestre que estaba de pie junto a la puerta del salón–. No podemos permitir que esos criminales sigan merodeando por el reino. Fue suerte que el joven Blasco estuviera en aquella posada, mas ¿cuántas otras no están bajo el mismo peligro en este momento? No solo posadas, también casas, campos, nuestra gente…

–Consejero, aconsejadme que para eso os pago –increpó el rey a Abdón que hasta ese momento había guardado silencio.

–No creo que haya algo más que aconsejar, su majestad.

Tulio respiró hondo y negó con la cabeza.

–Pues que así sea. Desde hoy, todo hombre sospechoso de ser un mercenario de Estrechos será apresado, interrogado y sometido a juicio. De comprobarse que está cumpliendo tareas propias de su detestable trabajo, será encadenado y subido en el primer barco que zarpe a Altamiria. Maestre de campo, dad tales órdenes a los soldados de todo el reino.

–Como desee, su majestad.

–No lo deseo, mas no tengo elección.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2