Capítulo 34. Cóndor Vientofuria

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El negro cabello de Cóndor Vientofuria, el líder de Cumbres Plateadas, resplandecía ante el sol del amanecer. Las mantas que lo abrigaban flameaban armoniosamente ante el bravo céfiro que provenía del desfiladero desde donde contemplaba el horizonte cordillerano. Se sentía intranquilo. El viento le traía oscuras noticias. Sentado al borde de aquel nevado precipicio cerró sus ojos e insufló su pecho con el aire congelado. A su cabeza llegaron imágenes de guerra y sufrimiento. Tierraíz estaba en peligro. La última vez que el viento le entregó tales mensajes fue cuando Emilio Martesta arribó al continente junto con sus Huestes del Corazón de Hierro.

La culpa aún calaba su alma por no haber actuado con prontitud en aquel momento.

Tras cuatro largos años de guerra, la mayoría de los pueblos de Tierraíz se encontraban sitiados bajo el poder de Emilio. Confiado de vivir oculto en la cordillera de Piedrafría, Cóndor Vientofuria optó por no inmiscuirse en las batallas, pues no deseaba exponer a su gente a la crueldad de aquel rey proveniente de tierras lejanas. “Ningún señor, ni siquiera uno tan ambicioso como Emilio Martesta, sería tan desquiciado como para intentar franquear el poderío de estas montañas. Aquí podremos vivir ocultos por mil años”, pensaba, pero se equivocó, pues la guerra es inevitable. Fue una mañana de otoño, mientras su hijo jugaba en las faldas de la cordillera, que la guerra llegó hasta su pueblo. Una tropa de cien soldados de las Huestes del Corazón de Hierro vio al pequeño y lo tomo como rehén con el objetivo de invadir Cumbres Plateadas. El capitán de la tropa, un sujeto de prominente barba roja y exigua cabellera, le puso su cuchillo en la garganta y a gritos amenazó a Cóndor Vientofuria, retándolo a que bajara y entregara Cumbres Plateadas. Altivo y orgulloso, Vientofuria descendió desde el alto cielo montado sobre el cóndor más imponente que jamás se había visto en aquellos años y miró fijamente al capitán. “¡Suelta a mi hijo!”, gritó con tal potencia que dicen que su voz hizo temblar los mismos cimientos de la cordillera. Gritó aún más fuerte cuando vio manar la sangre por el delgado cuello de su pequeño.

Nunca ha dejado de sentirse culpable por ello.

Motivado por la venganza, Cóndor Vientofuria lideró a su Compañía de los Cielos Gélidos contra los invasores. No se detuvo allí, y fue liberando pueblo tras pueblo de Tierraíz hasta mermar al ejército de Emilio. Si hubiera intervenido antes, quizás su hijo seguiría vivo.

Tal posibilidad le impedía conciliar el sueño.

De aquello habían pasado más de veinte años y pensó que nunca más tendría que luchar. Al parecer, nuevamente se había equivocado.

–Vientofuria –interrumpió sus pensamientos una mujer de tez morena que vestía prendas tejidas con lana de alpaca blanca–, los guardias capturaron a unos hombres que merodeaban por los senderos. Uno de nuestros guerreros fue herido por uno de ellos, un gigante que no parece de este mundo.

Tal relato no parecía baladí, por lo que Vientofuria decidió dejar de lado su meditación y marchó a la aldea, descendiendo por un intrincado camino de piedras y nieve, siempre acompañado de un intenso nevazón.

–¿Dónde se encuentran? –le preguntó a la mujer, Perdiz Soplocalmo, cabecilla de la Compañía de los Cielos Gélidos.

–En el centro de la aldea, ante los ojos de todo el pueblo.

“¿Tendrá esto que ver con lo que me ha susurrado el viento?”

Al llegar vio a cientos de curiosos rodeando a los prisioneros, quienes se encontraban arrodillados, atados de pies y manos a un poste empotrado junto a una fogata. Pese al calor del fuego, tiritaban por el frío de aquella tarde y por la nieve que caía sobre sus cuellos desnudos.

–¡Desátenlos y sáquenles las vendas! ¡Son aliados de Cumbres Plateadas! –ordenó Vientofuria ante la sorpresa de los aldeanos.

–Veo que las malas noticias ya han llegado hasta aquí si tratas así a quien alguna vez te salvó la vida –dijo uno de los cautivos mientras le quitaban las gruesas cuerdas y se ponía de pie.

–Chamán Pumagrís, Roble Tallofuerte. –Vientofuria los saludó estoico y escudriñó de pies a cabeza a Cormorán Surcalagos–. Tú debes ser el gigante. Un estepario, un pájaro de mal agüero. Les ofrezco mis más sinceras disculpas por este trato. Espero sepan perdonar a mi gente por esta recepción. De haber sabido que vendrían les habría preparado un mejor recibimiento. Sean bienvenidos. Imagino que deben estar hambrientos.

–El hambre puede esperar ante las noticias que traemos –respondió Pumagrís.

–Ya han sido suficientemente maltratados como para que, además, se les niegue el alimento. Iremos a mi hogar, allí recibirán comida y abrigo ¡Vuelvan a sus casas gente de Cumbres Plateadas! –ordenó a los curiosos aldeanos–. Estos no son bandidos, son amigos de nuestro pueblo y hoy son mis invitados.

A una orden de su mano llevaron carnes aderezadas, papas asadas y licor a su morada, una casa de piedra cuyo interior estaba recubierto de madera, lana y pieles para mantener el calor. Vientofuria encendió las hogueras y se sentó en su sitial, un tocón de alerce con dos gigantescas alas de cóndor talladas en madera que se alzaban como respaldo.

–Siéntense, coman y beban, acá el frío es intenso y deben calentar sus cuerpos. La cordillera debe ser demasiado fría para hombres de la costa. –Arrojó un leño al fuego y lo atizó con un espetón–. Me imagino que fue un viaje duro. Mis vigías me indicaron que llegaron a pie.

–Queríamos que fuera un viaje discreto –aclaró Pumagrís.

–¿Y también suicida? Adentrarse en mis tierras en pleno invierno y sin avisar no es propio de la sabiduría de un chamán. Podrían haber muerto en su insensata travesía, un paso en falso y se habrían despeñado por los acantilados de la cordillera. La nieve esconde trampas letales para quienes no conocen estos derroteros –decía sin dejar de mover las brasas–. Ya saben lo que dicen: la cordillera no distingue amigo de enemigo. Imagino que la urgencia que mueve sus pies tiene relación con el canto que enviaste con una gaviota hace días. No imaginan cuánto lamento las penurias de vuestro pueblo, sobre todo por la pérdida de Sauce Briznasol, a quien consideraba un hombre digno de respeto. Supongo que han venido a buscar mi apoyo para ayudarles a enfrentar la amenaza de esa Isla Oscura y sus espectros.

–No hay error en tus presunciones, Vientofuria.

–¿Qué necesitan de mí? –Bebió un trago de licor.

–La presencia de esta Isla Oscura y las abominaciones que de ella emergieron requieren de respuestas. No podemos permitirnos luchar contra algo que no entendemos y desconocemos. Por tanto, te ruego que nos permitas seguir nuestro camino, pues deseamos hablar con el Espíritu de La Montaña. Solo de él obtendremos el conocimiento que necesitamos.

El rostro de Vientofuria se mantuvo impasible, mas los ojos del chamán fueron capaces de notar un leve temblor en uno de sus párpados inferiores.

–No sabes lo que pides, Pumagrís. Visitar su morada es sinónimo de muerte.

–Una pequeña niña lo consiguió años atrás –replicó Roble, hosco, mientras mascaba un trozo de charqui y lo bajaba con un trago de agua de hierbas–. ¿Por qué no podríamos hacerlo nosotros?

–Lo que logró Loica no fue cosa de fuerza física, sino de voluntad. Ella puso toda su fuerza espiritual en su cometido. Estuvo dispuesta a sacrificar su propia existencia por los niños que la acompañaban. Ver a un espíritu de la naturaleza requiere negarse a sí mismo por el bien de todo lo demás. No lo comprenden.

–Loica visitó al Espíritu porque estaba desesperada. Por miedo a la muerte… igual que nosotros ahora –respondió el chamán. Vientofuria guardó silencio, absorto en el crepitar de la hoguera.

–No. Es demasiado peligroso. El mismo camino a la Montaña podría acabar con ustedes y no alcanzarían siquiera a ver la sombra del Espíritu. Morirían por nada.

–Hace tiempo que nos conoces. Sabes que no moriremos tan rápido –bromeó Roble.

–Conozco los senderos de mi territorio: rocas filosas y escarpadas los aguardan, precipicios tan profundos que perecerían de viejos antes de tocar el fondo. Es demasiada responsabilidad dejarlos ir.

–Pero si no tenemos respuestas, es posible que toda nuestra gente y esta tierra dejen de existir. ¿Qué opción prefieres? –Pumagrís sonaba decidido.

Vientofuria se alzó de su sitial y se dirigió a paso quedo hacia la entrada de su estancia. “Busca a Brisafría”, ordenó a uno de los guardias y volvió a su asiento sin decir palabra alguna. Así se mantuvo por largo rato. Roble bebía con una desconfianza que disimulaba bien gracias a sus años, Pumagrís esperaba pacientemente y Cormorán permanecía indiferente.

Una silueta apareció en la puerta.

–¿Envió por mí, señor? –preguntó una mujer de baja estatura, cabello escaso, rostro macilento y brazos enjutos. Parecía ser de edad avanzada y vida difícil. Vestía ropajes blancos y grises confeccionados con pelaje de alpaca.

–Toma asiento, por favor –le pidió Vientofuria a la anciana mujer, quien prefirió mantenerse en pie, orgullosa–. Les presento a Tórtola Brisafría. Si existe alguien que conoce mejor que yo todos los senderos de este territorio, es ella. Es una experta exploradora que ha recorrido conmigo todos los pasos de la cordillera y hemos creado otros nuevos. Ella será su guía. No confío en nadie más para cumplir esta misión.

–¿Qué misión, mi señor? –preguntó la recién llegada, confundida.

–Tórtola, estos tres hombres vienen en representación de los pueblos de Costazul con una solicitud muy particular, desean llegar a la Montaña. –Apenas dijo esto, la anciana soltó una risa socarrona–. Y tú los acompañarás. –Dejó de reír y levantó una ceja interrogante–. Deben llegar sí o sí. No hay espacio para el error.

–Por el respeto que siento hacia usted, señor, no me negaré a su petición, pero a ese mismo respeto apelo para solicitar una explicación de lo que está sucediendo y por qué debo llevar a estos extraños hacia un peligro del cual ellos no tienen la menor idea. –Vientofuria miró de reojo a Pumagrís, quien asintió con la cabeza.

–Hablas con la voz de la razón. Lo que saldrá de mi boca a nadie deberás decírselo. ¿Lo juras?

–Por mi madre, mi padre, y las madres y los padres de ambos.

Respondió y, atenta, escuchó el cúmulo de malas noticias. Temió cuando escuchó sobre la Isla Oscura y las inefables criaturas que asolaron Rocalga y Montepardo. Acongojada, dejó de lado su orgullo y se sirvió de su bastón para sentarse en el tocón de árbol que habían dispuesto para ella.

–Nadie sabe cuánto pueden tardar en llegar a la Gran Montaña, por lo que partirán mañana antes de que salga el sol –ordenó Vientofuria.

–¿En cóndores? –preguntó Roble–. Ellos podrían llevarnos a la cima y acortar el tiempo de viaje.

–No. Se debe llegar a pie. La Gran Montaña no aparecerá si no siente el esfuerzo de quienes desean verla –respondió Tórtola Brisafría–. Está vedada a los ojos de los débiles y sus faldas se develan solo ante la fuerza de voluntad. Si desean verla, debemos llegar tras mucho andar, momento en que vuestra voluntad será tan grande y fuerte como para que aparezca.

–¿Cómo es posible que la montaña más alta de la cordillera pueda ocultarse a nuestra vista? No lo comprendo –replicó Roble.

–Porque no es la montaña más alta de la cordillera, ya que ni siquiera se encuentra en la cordillera… Está en otro lugar, un lugar lejano al que solo tienen acceso los muertos. Caminaremos el tiempo que ella estime necesario hasta que, simplemente, aparecerá ante nosotros. Ella puede recibirnos, mas nosotros no podemos visitarla.

–No lo comprendo –insistió Roble.

–Y no tienes por qué, tú estás vivo… por ahora –respondió la anciana.

 

En la madrugada del día siguiente, Cóndor Vientofuria se encontraba desayunando una tortilla caliente con miel cuando Perdiz Soplocalmo llegó a su estancia.

–Vientofuria, los emisarios de Costazul ya están preparados para su viaje. Lo esperan en la Hoguera Perenne.

–¿Brisafría ya está con ellos?

–No.

–Pues ve a buscarla.

Perdiz no se movió. Se mantuvo estática en el umbral de la puerta, como si tuviera algo más que decir.

Vientofuria la miró con los ojos entornados.

–Si deseas hablar, hazlo ya.

–Con el respeto que te debo como cabecilla de la Compañía de los Cielos Gélidos, ¿puedo hacerte una pregunta?

–¿Si te digo que no, irás a buscar inmediatamente a Brisafría? –La muchacha no contestó–. Entonces da lo mismo mi respuesta. Habla.

–Gracias. Debo decir que veo con algo de recelo lo que está sucediendo. Hay un chamán y un líder de batalla de otro pueblo en nuestra tierra, y tú les está permitiendo emprender un viaje que podría acabar con sus vidas –habló con absoluta seriedad–. ¿Acaso imaginas el desastre diplomático que ocasionarían sus muertes? Tendríamos que responder ante los demás líderes de Costazul. –Cóndor escuchaba atentamente mientras bebía su infusión–. Los costeros nos doblan en número y dudo que podamos contra ellos si llegase a haber algún conflicto. ¿Y no has pensado lo que harían los esteparios si ese pájaro de mal agüero fallece en nuestro territorio? Aún estamos a tiempo de evitar que cometan suicidio. Toda Cumbres Plateadas te lo agradecería.

–¿Eso es todo lo que deseabas decirme, Perdiz?

–Sí –respondió temerosa.

Cóndor asintió con la cabeza y bebió otro trago de su bebida caliente sin quitarle los ojos de encima.

–¿Crees que no he pensado en todo eso? He tomado una decisión y no daré pie atrás. Los costeros irán a la Gran Montaña y que pase lo que tenga que pasar. Confío en Brisafría. Estoy seguro de que cumplirá con su misión.

–Tórtola Brisafría ya es una anciana sin fuerzas –alzó la voz–. ¿Cómo puedes depositar tu confianza en ella? Si no retrocederás en tu decisión, entonces, al menos, permíteme que yo vaya en su lugar.

–¡Solo tu juventud impide que castigue tu insolencia, Perdiz Soplocalmo! Confiaría mi vida entera a esa “anciana sin fuerzas”, como la llamas. Si ella dice que los llevará a la Gran Montaña, entonces creo en su palabra y sé que regresarán sanos y salvos.

La capitana, reuniendo toda la valentía que aún le quedaba, volvió a hablar.

–Digamos que llegan a la Gran Montaña, ¿quién nos asegura que el mismo Espíritu u otros espíritus no los lastimarán? La cordillera no distingue amigo de enemigo.

–Confiemos en la buena voluntad de los espíritus.

–Ellos morirán –insistió–. Si deseamos respuestas, ¿por qué no vas tú? Tu fuerza, temple y conocimiento de este territorio son mucho mayor que el de los costeros. ¡Vayamos los dos! Yo podría acompañarte. ¿Por qué no hablamos nosotros con el Espíritu de La Montaña?

–¡Porque yo no tengo fe ni voluntad! –le respondió ahogando su cólera–. Las perdí el mismo día que perdí a mi hijo.

Perdiz se quedó en silencio. Se dio cuenta del dolor de su líder y omitió cualquier otro argumento. Bajó la mirada cuando Vientofuria pasó a su lado para encaminarse hacia la Hoguera Perenne, una gigantesca fogata ubicada en el centro del pueblo donde lo esperaban los tres emisarios.

–Cóndor –saludó Pumagrís con un gesto de su cabeza.

–Tengan un buen día. Veo que aún no llega Brisafría.

–Estoy aquí desde la madrugada –respondió la anciana. Se encontraba fuera del círculo lumínico de la pira–. Los vi llegar… a todos. Los vi temblar por esta tibia brisa. Vi como sus narices se escarchaban y sus bocas se resquebrajaban. Los vi, los vi a todos. Así no podrán llegar a la Gran Montaña. Morirán apenas salgamos de la aldea –dijo sin levantarse de la piedra donde se encontraba sentada.

Miró con desconfianza a los viajeros, se acercó a Vientofuria y le susurró al oído.

–Sus cuerpos son débiles, sus ojos no soportan el viento, sus miembros perderán la fuerza a cada paso, jadearán hasta que sus pulmones se congelen y caerán sin remedio en los acantilados o perecerán enterrados en la nieve. Estoy a una orden suya de salvar sus vidas.

–Pues mi orden es que vayas con ellos y los traigas de regreso, sanos y salvos. No confío en los senderos, ni en que el Espíritu les dé respuestas, confío en ti, amiga mía. –Se dirigió luego a los viajeros–. Hagan caso a Brisafría y vivirán. Si desoyen sus consejos, morirán antes de que se den cuenta… o peor, la caída será tan larga que tendrán mucho tiempo para arrepentirse por no haberla escuchado. –Les entregó gruesas pieles de alpaca para abrigarse y una antorcha a cada uno–. Manténganlas siempre encendidas. En la montaña el fuego hace la diferencia entre la vida y la muerte.

–Gracias, Vientofuria –se despidió Pumagrís–. Te seguimos, Tórtola Brisafría. Eres la líder de esta expedición.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2