Capítulo 32. Relación de la travesía a Aguatrueno II

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“No hay duda de que Colina Magra, la marca que rige el marqués Antoine Garraleón, es la ciudad más hermosa del reino. Aun a la distancia resalta con majestuosidad al romper abruptamente las planicies de plantaciones de trigo y maíz.

            Al cabalgar por entre sus tantas haciendas nos salió al paso don Manuel de Botacera, un hacendado de renombre. Sacóse su sombrero y me solicitó agradecer al rey por los cien soldados que había enviado para ayudar en Colina Magra, todos de excelente disposición y siempre prestos para colaborar en todo lo que se les pidiera, incluso en las faenas agrícolas propias de su campo. No estaba enterado de tal decisión de su majestad; aun así, tal muestra de gratitud la dejo por escrito en este mismo texto.

            Seguimos nuestro camino.

            No pocas veces nos salieron al encuentro otros hacendados, parceleros, inquilinos y peones arreando ganado, principalmente vacas. Sus niños nos saludaban y nos regalaban frutas y algunos panes.

            Para ser sincero, lamento no habernos hospedado en alguna chingana de Colina Magra, más aún cuando nos cayó encima un chaparrón nocturno que casi nos mata del frío.

Ya habíamos cruzado la frontera del reino y entrado en territorio de los nativos cuando la lluvia comenzó. ¡Qué diferencia de paisaje! El daño provocado por Emilio Martesta y por mi propio padre nos dejó un triste legado. Si Tierra Amarga no era más que tocones, ceniza y árboles muertos, el territorio de Roble Tallofuerte y su gente era todo lo contrario, con verdes bosques que se extienden más allá de donde permite la vista.

            Los soldados no tienen la misma expresión que yo ante aquellos parajes, imagino que por la lluvia. Un bello paisaje no compensa un mal tiempo, sobre todo si los truenos y relámpagos restallan por doquier, asustando a los caballos y mulas que cargan nuestro equipaje.

            De no haber sido por un nativo, quizás yaceríamos congelados a la vera del camino. Salió de entre los árboles con un atado de pescados y nos invitó a su hogar para protegernos del frío. Dicen que solo un hombre de bien y con la conciencia limpia podría confiar así en un grupo de extraños”.

 

Los agarrotados músculos de Asterio Siemprebravo apenas conseguían relajarse al alero del brasero en el que se asaban los peces. Los soldados agradecían el techo y el fuego ofrecido, y pese a que no comprendían la lengua de su anfitrión, sonreían cada vez que él o su esposa les entregaban una manta o un caldo caliente para olvidar el temporal que azotaba esas tierras.

–Reitero mis eeeh gracias, buen señor –balbuceaba Asterio haciendo un gran esfuerzo por recordar las formas verbales y algunas palabras de la lengua de Tierraíz, sin éxito–. De no ser por tú y ella, habríamos muerto por frío.

–No deberían haber salido con este día. Es una lluvia extraña. –Destelló un relámpago y retumbó un trueno–. Cosas raras están ocurriendo por estos lares, animales que nunca habíamos visto merodean por nuestros clanes y pájaros que no deberían existir andan cantando la muerte a quien los escuche –dijo su anfitrión.

–No los asustes –le reprochó su esposa.

–Si se asustaran no serían soldados. Me imagino que si andan por aquí, tan lejos de su tierra, es porque algo deben haber escuchado. ¿O me equivoco? –Los miró inquisitivo–. A ustedes los terramargos les gusta eso de estar tranquilos en su reino y que ojalá nada fuera de lo normal ocurra. Son distintos a sus ancestros, que amaban la guerra y explorar territorios ajenos.

–Tener razón. No estamos aquí por eeeh gusto, señor. Vamos a Aguatrueno como mensajeros. –Asterio se sobaba las manos frente al fuego.

–Imagino que sabrán lo que pasó en las aldeas. –El hombre sacó un trozo de pescado con sus dedos para comprobar si estaba en su punto–. Esto ya está listo para comer.

Los soldados entendieron la invitación que les hizo con la mano y sin decir esta boca es mía sacaron un pescado cada uno y lo comieron directo de la vara en la que estaban ensartados. El anfitrión se mostró satisfecho. Si no hubieran aceptado su comida, los habría expulsado de su hogar, lloviera o no lloviera a cántaros.

–Muchos estamos dejando el sur debido a lo que ocurrió en Montepardo y Rocalga –dijo la mujer–. Con mi esposo vivíamos en Tierrarcilla, un pueblito que quedaba al norte de Montepardo y digo “quedaba” porque Montepardo ya no existe. En la noche de la luna roja nos encontrábamos en el límite entre Tierrarcilla y Montepardo recolectando frutos y habíamos decidido quedarnos allí a dormir… Lo cual fue imposible. Era una noche fría, la oscuridad era densa, apenas se podían ver las estrellas. No podíamos dormir, así que decidimos ocupar el tiempo en algo provechoso, por lo que caminamos hacia la costa para ir a pescar.

–Fue un error –dijo su esposo sacándose una espina de entre los dientes–. El frío se hizo más intenso, la noche más oscura, las nubes desaparecieron y en el cielo apareció esa enorme luna roja.

–También la vimos –dijo Asterio.

–No como nosotros –resopló el fornido sujeto. Bebió un largo trago de licor y removió las brasas para aumentar la temperatura de su hogar–. Recién iniciada la noche habíamos partido a la costa, por lo que ya estábamos cerca de la playa cuando la luna roja apareció. Su brillo era misterioso, peligroso. Su advertencia era clara. Llegamos a la cima de una pequeña loma donde siempre acampábamos para relajarnos con el romper de las olas, pero lo que vimos esa noche fue algo totalmente distinto.

La tormenta aumentó su intensidad, azotando violentamente el techo de colihue de la morada. Los soldados miraban con reticencia la rústica construcción, rogando que soportara el aguacero. Su anfitrión no parecía inmutarse ante el inclemente temporal y continuó su narración.

–Gritos, lamentos, aullidos de odio y de dolor, como si miles de personas gritaran con una ira y un sufrimiento incontenible. Y en donde antes estuviera el mar, vimos una isla… La isla.

–Corrimos –dijo la mujer–. No soportamos ver esa isla ni oír los cantos que provenían de ella. Nadie en Tierrarcilla nos creyó, así que abandonamos nuestra aldea, conscientes de la amenaza que caería sobre todos nosotros. Abandonamos el sur y nos instalamos en esta tierra que aún no ha sido imprecada por la maldad. Hace poco nos enteramos de lo que ocurrió aquella noche en Montepardo y hace unas semanas en Rocalga. Si van al sur, tengan cuidado. Los bosques ya no son lo que eran antes, ahora albergan animales del bajo mundo que deambulan por las noches buscando presas incautas. Si ven aves desconocidas, por precaución, tápense los oídos, pues el canto de una de ellas trae la muerte a quien la escuche.

Tuetuétuetué… –cantó el hombre–. Tuetuétuetué… Aquel que oiga ese canto, morirá.

 

Al amanecer del día siguiente el sol entró con fuerza por la puerta de la casa y acarició los ojos de Asterio. Fue el primero en despertar o eso creyó, pues la pareja que los había cobijado recogía maderos desde temprano.

–Buen día, terramargo.

–Buen día. –Asterio hizo una venia–. Al fin paró de llover.

–No te hagas ilusiones, terramargo, allá las nubes siguen negras. –Apuntó hacia el oeste–. Deberían quedarse otra noche aquí. Se viene un temporal igual o peor que el de anoche –le advirtió el hombretón, que cargaba en sus brazos un atado de hojas y ramas.

–Muchas gracias por vuestro eeeh ofrecimiento. Si no fuera por lo urgente de misión eeeh ¿nuestra?, lo aceptaría gustoso.

–Tengan cuidado y recuerden lo que les contamos.

La soldadesca cabalgó sin novedad toda la mañana y, tal como fueron advertidos, el sol de mediodía desapareció entre densos nubarrones. Asterio respiró hondo, arrepentido por no haber aceptado el alojamiento.

–De ahora en adelante hay que andar con cuidado, caballeros –advirtió a sus hombres–. Nuestros generosos anfitriones me insinuaron que animales salvajes rondan por estas tierras.

–¿Y les dirá lo de taparse los oídos cuando vean un pájaro desconocido? –le susurró Darío García y Peñafiel acercándose con su caballo.

Asterio quedó sorprendido. ¿Acaso aquel joven soldado, aparte de ser un buen explorador, dominaba también la lengua de Tierraíz?

–Veo que sois más docto de lo que deseáis demostrar, don Darío. Asumo que vuestro silencio es señal de inteligencia más que de timidez. Bien podríais servir a las filas de exploradores y lenguas de su majestad. –Asterio lucía sinceramente asombrado–. Decidme, ¿qué pensáis de la advertencia de aquellas aves que cantan la fatalidad?

Darío se tomó un largo tiempo para responder.

–Lo que yo piense no importa, don Asterio. Lo que importa es lo que pensará nuestra majestad. No creo que tome muy en serio las apariciones de espectros, bestias nocturnas y pájaros que matan con su trinar.

–Pues para eso vengo yo –dijo Asterio con orgullo–. Como cronista, registraré todo, cada testimonio, cada hecho y redactaré un relato fiel, de tal manera que sea creíble y así nuestro amado rey tome las acciones pertinentes.

Darío siguió cabalgando sin decir palabra.

Tras mucho andar entre praderas, cerros y bosques, el espadachín volvió a hablar.

–El rey no os creerá.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2