Capítulo 24. Piratas, mercenarios y pactos rotos

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Los ojos aceitunados de Evaristo Manofirme, el fiel ejecutor de Tierra Amarga, no paraban de moverse mientras revisaba cientos de documentos. Los leía una y otra vez con preocupación. Su escaso cabello castaño delataba sus cincuenta y dos años, y su rostro endurecido revelaba su carácter disciplinado. A su lado estaba Santiago de Monteáguila, el conde de Campo Yermo, quien vestía una chaquetilla de seda lila con bordados dorados, gregüescos del mismo color, medias blancas, zapatos de charol con un broche de plata y una camisa blanca de encaje abultado. El noble conversaba con sus característicos gestos rimbombantes con Calisto Fuenteamplia, el conde de Corteza Quemada.

–No puedo creer que ayer estuviéramos celebrando y hoy estemos encerrados en este sombrío salón –decía Santiago mientras bebía de su copa de vino tinto y jugueteaba con los bucles dorados de su cabello. Odiaba las reuniones.

–Es el rey el que ha convocado a los nobles, conde De Monteáguila. Nosotros nada somos ante su palabra, así que os ruego que mantengáis la compostura y os comportéis como el hijodalgo que sois –le advirtió Calisto–. Tengo entendido que ha ocurrido una situación algo… compleja en los pueblos del sur. ¿O me equivoco, maestre de campo?

–No se equivoca, conde –respondió Bastián Bocablanca.

Santiago de Monteáguila se interesó en la historia. Apoyó los codos en la mesa, entrelazó sus dedos y apoyó en ellos su mentón.

–¿Y podría adelantarnos algo, maestre?

–Lo lamento, conde, se me ha prohibido entregaros detalle alguno. Es su majestad quien os dará las malas nuevas.

–Al menos ahora sé que son malas –sonrió Santiago.

Al otro lado del salón estaba el marqués Antoine Garraleón, regidor de Colina Magra, la marca de la corona, el último poblado al sur del reino de Tierra Amarga. Pese a su barriga prominente, curioseaba en cada rincón. A veces se inclinaba trabajosamente para tocar con sus gruesos dedos el suave terciopelo de la alfombra roja que cruzaba la habitación o miraba por enésima vez alguno de los tantos cuadros que la adornaban.

–¡Ah, qué recuerdos me trae esta pintura! ¿Alguna vez ha estado en este maravilloso lugar, maestre de campo? –El cuadro plasmaba una extensa pradera llena de flores de todos los colores y un castillo en la lejanía.

–No, mi señor –respondió Bastián–. Nací aquí, y pese a que he viajado muchas veces a Altamiria, nunca tuve la dicha de conocer Fontarragués.

El marqués se encogió de hombros.

–Es una lástima. Fontarragués es mi tierra natal y en ella crecen amplias praderas que rodean lagos tan azules como el zafiro, y las flores alfombran kilómetros y kilómetros de paisaje –decía sin dejar de mirar la pintura–. Los caballos de Fontarragués son los mejores del mundo conocido. Bravos como ellos solos y muy pocos hombres pueden montarlos, salvo los fontarraguenses, claro está –hablaba con orgullo.

–Tenemos algunas yeguas de ese linaje en Tierra Amarga. Son salvajes y cuesta domarlas –reconoció Bastián.

–¡Imaginad a los potros! Bestias que no admiten jinete. Ni aun capados son menos brutos.

–Como todos en esa tierra –se entrometió burlonamente Santiago de Monteáguila.

Bastián prefirió guardar silencio. Siempre que se reunía la nobleza se daban esas incómodas conversaciones.

–¿No dicen acaso que los hombres y mujeres de Fontarragués son tan… mmh… toscos como sus monturas? –prosiguió el conde mientras bebía un trago de su copa de vino–. En cambio, en mi tierra natal, Aguilera, preferimos la elegancia y el poderío de las águilas. Ellas nos representan tal cual somos.

–¡Habladme con más respeto, conde! –La gorda cara del marqués se puso roja de ira.

–Con respeto le hablaré, marqués, cuando ame más la tierra que actualmente rige antes que aquella que recuerda con nostalgia y a la que desesperadamente anhela regresar –respondió desafiante.

–¡Santiago! –intervino el conde Calisto alzando la voz–. Es obvio que el marqués extrañe sus bellas tierras, envidia de todos los reinos de Altamiria, no como los territorios de vuestra familia dizque noble, que vive en unos riscos donde crecen más rocas que hierbas. Las águilas que allí vuelan tienen más nobleza en las puntas de sus garras que vosotros en toda la historia de vuestro linaje. Así que callaos, conde, no vaya a ser que se estropee tan lindo maquillaje. Y vuestra merced –se dirigió al marqués Antoine–, ruego que perdonéis las soeces palabras proferidas por este hombre que me iguala en rango nobiliario, pero que no se comporta a la altura.

–Está perdonado, mas solo por vuestra intervención. –El marqués se limpió el sudor de la papada y la frente.

Ni siquiera el blanco maquillaje del conde Santiago consiguió esconder la cólera que sentía en ese momento.

Bastián odiaba a los nobles, personas de Altamiria que solo por cuna y no por mérito regían los destinos de Tierra Amarga.

 

Los minutos pasaban y los presentes en el salón, salvo Bastián, se sentaron a la mesa a espera de los demás convocados. Cada silla estaba dispuesta para un cargo en particular. En la cabecera debía sentarse el rey, a su derecha iba la reina y, luego, por ambos lados, iban duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, aristócratas y los altos rangos militares.

La puerta se abrió de par en par.

Con una reverencia los guardias dejaron entrar a un hombre alto, de hombros anchos y barba abultada: el capitán Lucio Molinero, líder de las Espadas de los Caminos, el batallón encargado de proteger todas las rutas del reino. El recién llegado vestía su uniforme negro compuesto por una chaqueta y pantalones ajustados, la punta de su capa de terciopelo azabache le colgaba del hombro izquierdo y el otro extremo le colgaba del cinturón. Por armas llevaba una espada ropera, una daga quitapenas y dos pistolas. Se sacó el chacó e hizo una sutil reverencia al maestre de campo y a los nobles.

–¡Capitán! –Se levantó Calisto–. Que grato veros. Por favor, tomad asiento, y comed y bebed junto a nosotros.

–Gracias por vuestra cortesía, conde. Ha sido un largo viaje.

–Vino y agua de canela para el capitán de las Espadas de los Caminos. Traed también pescado en salazón ¡Rápido! –El criado corrió por el pedido.

Tras los saludos protocolares, el recién llegado se sentó al final de la mesa.

–¿Dónde está su alteza? –consultó.

–Su majestad se encuentra en sus estancias privadas –respondió el marqués al tiempo que comía afanadamente el pescado en salazón–. Entiendo, capitán Molinero, que recorría los caminos cuando fue convocado a esta reunión. Contadnos, ¿hay alguna nueva que comentar?

–Hay algo. –Lucio Molinero dio un largo trago a su agua de canela–. En los recorridos he notado una mayor presencia de peregrinos. Están llegando grandes grupos familiares, vienen con carretas cargadas de provisiones y se están instalando en el despoblado, otros atiborran las posadas y no pocos acampan a la suerte de la naturaleza.

–Tenemos registro de ello, capitán –confirmó Evaristo Manofirme con los lentes sumergidos en cientos de documentos–. Según los informes del puerto de Lobera, hemos recibido a quinientas veintitrés personas, eso sin contar mercaderes y visitantes de paso, lo que significa un incremento de casi un doscientos por ciento en el mismo periodo del año anterior. –Revisaba un papel, luego otro–. Ahora que lo mencionáis, también me llama la atención tal aumento en la solicitud de asilos.

–Y hemos de recibir todavía más, la mayoría proveniente de Altamiria –se escuchó repentinamente desde las puertas del salón.

–¡Duque de Mondragón! –exclamaron todos al unísono.

Los presentes se levantaron rápidamente de sus asientos, totalmente sorprendidos. Pensaban que el duque aún se encontraba fuera de Tierraíz.

–No se nos había informado que contaríamos con vuestra excelentísima presencia en esta junta –dijo Calisto.

–Ni a mí que había una junta. Me he enterado ahora, apenas llegué a la capital –respondió el duque.

–Es un deleite contar con vuestra ilustrísima compañía, señor duque. Si su excelencia me permite preguntar, ¿cómo está nuestra querida Altamiria y el reino de Baluarte? –preguntó con nostalgia el marqués Antoine.

–Tan bellos como siempre lo han sido.

El recio duque Evelio de Mondragón, que se había ausentado por casi un año, se sacó el sombrero de terciopelo y su chaquetón burdeo, se acarició la castaña barba y ocupó su lugar en la mesa, muy cerca del puesto del rey, junto a la silla de la reina.

–Estimado duque, ¿a qué os referíais cuando dijisteis que hemos de recibir aún más viajeros provenientes de Altamiria? –preguntó Evaristo, retomando el tema.

El duque Evelio tosió para aclarar la garganta.

–Señores, hay muchas malas nuevas que debo contaros, mas prefiero esperar la llegada de su alteza. Él debe ser el primero en escucharlas.

No tuvieron que aguardar por mucho tiempo. Los guardias abrieron las puertas del salón dejando ingresar a cinco pajes y, entre ellos, apareció el rey Tulio Hojaltiva. Su chaqueta larga de seda roja ondulaba majestuosa a su andar, al igual que su brillante y larga cabellera negra.

–A continuación, su majestad el rey Tulio Hojaltiva, hijo de Emeterio Hojaltiva, hijo de Froilán Hoja…

–¡Deteneos! Ellos saben muy bien quién soy –dijo el rey con serenidad–. El tiempo apremia y no puedo perderlo en mi centésima presentación de esta semana.

Tras el rey venían la reina Felicia de Mondragón, la sabia Acacia y Abdón Buenaventura, quien saludó a Bastián guiñándole un ojo. El maestre advirtió que su amigo ya se sentía mejor de su resaca.

El primero en levantarse para recibirlos fue el recién llegado duque.

–Alteza. –Inclinó su cabeza.

–¡Mi querido Evelio! –exclamó el rey con una expresión llena de alegría–. Tanto tiempo sin veros, amado cuñado. ¿Cómo os trató la corona de Baluarte?

–Nunca tan bien como la vuestra, su majestad.

El duque saludó a la reina Felicia.

–Amada hermana, dichosos los ojos que te ven. Veo que la Señora no se cansa de darte belleza infinita. –Le besó la mano y la abrazó.

–No pensaba verte hoy, hermano. Es una grata sorpresa.

–Lo mismo dijeron nuestros padres cuando les anuncié que regresaba –sonrió.

–¿Cómo están padre y madre?

–Sufriendo por no tener a su hija a su lado. Te advierto que quieren venir a visitaros. –Soltó una sonrisa.

–Bueno, ya tendremos la privacidad necesaria para recibiros como os merecéis, querido cuñado. Lamentablemente, ahora debemos celebrar esta junta. Podéis quedaros o ir a descansar. Me imagino que el viaje os ha dejado exhausto.

–¡Más que exhausto! Sin embargo, me quedaré, pues deseo ponerme al corriente de los sucesos de Tierraíz y también porque tengo muchas nuevas que contaros del continente de Altamiria.

–¡Que traigan la capirotada y el vino con miel, entonces! –ordenó Tulio–. A mi hermosa reina traedle una jarra de chocolate que el hielo prima en este salón.

Al instante los criados llegaron con una fuente de plata repleta de carne picada y huevos revueltos aderezados con ajo, distintos tipos de queso fundido, hierbas aromáticas y aceite de oliva.

–Coman, coman. Es el rey el que lo ordena –los invitó con la amabilidad que lo caracterizaba. Tras acabar medio plato, Tulio se apoyó en el espaldar de su silla, respiró profundo y habló–: Nobles, os he convocado a esta junta extraordinaria para comunicaros dos malas nuevas que han preocupado a mi ya angustiada mente. La primera tiene relación con la luna roja de hace poco más de un año. Imagino que la recordaréis. –Los nobles asintieron–. Bueno, hace unas semanas recibí un mensaje del chamán Pumagrís informándome que Montepardo, uno de sus pueblos, había sido atacado. Hasta ese momento no sabían quiénes eran los autores de tamaña agresión, pues solo encontraron el pueblo arrasado por el fuego y a sus aldeanos asesinados. –Los nobles se miraron con preocupación–. Aquel mensaje ya me había hecho pensar bastante en privado, pero ayer en la tarde llegó un nuevo mensaje de Pumagrís que me hizo tomar la decisión de convocaros aprovechando que se encontraban en los festejos de Nuestra Señora del Sagrado Halo.

El rey les narró lo ocurrido en Rocalga, la aparición de la Isla Oscura, la cruenta batalla contra los espectros, la desaparición de Sauce Briznasol y el exilio hacia Aguatrueno. Los nobles se miraban consternados los unos a los otros sin decir una palabra. Fue Santiago de Monteáguila el primero en alzar la voz. Bebió un trago de vino para armarse de valor.

–Si escuché bien, me pareció que su majestad pronunció la palabra espectros. ¿No habrá habido una mala traducción del mensaje que envió el chamán Pumagrís?

–No. Yo misma lo traduje para ustedes –intervino con tristeza Acacia–. No hay error en el mensaje. Mi pueblo ha sufrido una terrible desgracia.

El duque Evelio aclaró su garganta.

–Señores, como todos recordaréis, los primeros ataques realizados por Emilio Martesta incluyeron el fuego y una hueste de jinetes atacando a todo aquel que viviese en esta tierra. En ese entonces, los nativos de Tierraíz que no tenían relación con los mercaderes altamirios que comerciaban aquí desde antes de la guerra, confundieron a los soldados con monstruos que utilizaban brujería, pues no conocían las armaduras de acero, ni las armas de fuego. Quizás en este caso ocurrió lo mismo.

–¿Dice que Pumagrís está mintiendo? –El rostro de Acacia se endureció.

–Jamás diría algo así, respetada sabia, mas creo que podría haberse producido una confusión que tiene relación con las malas nuevas que traigo desde Altamiria.

Los nobles escucharon atentos las palabras del duque.

–Señores, vientos de guerra soplan en Altamiria. El rey de Secarena, aburrido del desierto y las malas cosechas, pactó una alianza con los reinos de Puerto Tiburón y Dunaria con el objetivo de derrocar al rey Francisco de Odragón y conquistar el reino de Baluarte. Por este motivo hay muchos altamirios que están huyendo del continente, subiendo a cualquier barco que los acepte dentro de su tripulación. En el puerto de Histolia fui testigo de cómo cientos de personas intentaban subir a los navíos, todas dispuestas a pagar el precio que fuera para huir de la guerra, ya fuera en oro, ya fuera en animales o especias. Eso responde la masiva solicitud de asilos mencionada por don Evaristo y también podría responder los ataques sufridos por los pueblos del sur.

–Entiendo la llegada de personas, a quienes generosamente ofreceremos asilo por la grave situación que nos comenta, mas no veo la relación con los ataques acaecidos en Montepardo y Rocalga –inquirió el conde Calisto.

–A mi regreso al continente –prosiguió el duque– avistamos dos barcos de velas negras en el horizonte.

–¡Piratas! –Calisto frunció el entrecejo con asco.

–Tuvimos suerte de que no nos atacaran en mar abierto –asintió el duque.

–¡Eso es insólito! –Se enfureció el marqués Antoine–. Es la armada de Baluarte la encargada de proteger los mares para impedir el arribo de sus piratas a los otros continentes.

–La armada de Baluarte está preocupada de la potencial guerra y han descuidado la vigilancia del océano –aclaró el duque Evelio–. Esto lo están aprovechando los piratas para traspasar el bloqueo y probar fortuna en otros territorios, entre ellos, Tierraíz. Escuché que muchos desembarcaron en Isla Reja e Isla Antigua, causando desmanes, incendios y apoderándose de ellas para convertirlas en sus bases.

El rey se quedó pensativo.

–Cuñado, ¿estáis diciendo que podrían haber sido piratas y no espectros los que atacaron Montepardo y Rocalga?

–Eso es lo que creo. Me parece lo más racional y lógico –dijo todavía intranquilo–. Claro que, si esto fuese así, Altamiria y nosotros mismos estaríamos pasando a llevar el Tratado de Paz y Buena Voluntad al no cumplir con nuestra promesa de evitar este tipo de situaciones. Si no hacemos algo, Roble Tallofuerte podría tomar represalias por considerarnos traidores al pacto e iniciar una guerra contra nosotros.

“Nos han traicionado”. La sabia Acacia recordó aquellas siniestras palabras del hombre calcinado. ¿Este era el momento de contarles la verdad? Prefirió guardar silencio.

–Si estos “espectros” –Evaristo Manofirme dibujó las comillas con sus dedos– supuestamente llegaron desde el mar, tal y como especifica el mensaje de Pumagrís, lo más lógico es que hayan sido piratas. Esos desalmados albergados por la oscuridad de la noche deben haber llegado disfrazados para sembrar el terror.

–En ese caso, deberíamos enviarles un mensaje a los pueblos del sur. Contarles detalladamente la situación en Altamiria y sus repercusiones en Tierraíz –aconsejó Abdón Buenaventura.

–Tenéis razón. –El rey se restregaba los ojos con las palmas abiertas, cansado de la situación–. Bueno, señores, tal es la primera mala nueva que os traía, profundizada aún más por mi querido cuñado. Pero hay una segunda mala nueva que tiene que ver con mercenarios de Estrechos deambulando por el reino. Me imagino que su presencia en Tierraíz también se debe a la tensión bélica de Altamiria.

–¿Mercenarios de Estrechos? –El conde Calisto ya no daba crédito a tanta mala noticia.

–Así es –confirmó el maestre de campo Bastián Bocablanca–. Los vi por primera vez en la chingana. Bebían y bailaban como si su presencia aquí fuese de lo más habitual. Abdón estaba conmigo en aquella ocasión. –El poeta corroboró el testimonio de su amigo–. Desde entonces los hemos vigilado.

–¿Y por qué no fueron inmediatamente encarcelados? –El conde Calisto no comprendía.

Bastián prefirió omitir comentarios y observó de reojo al rey.

–Yo ordené al maestre que no lo hiciera –respondió Tulio con seriedad–. No han cometido delito y no puedo iniciar una caza de brujas que tenga como base el mero prejuicio.

–Tenemos piratas, mercenarios y pactos rotos en Tierraíz –dijo Calisto con la voz pausada, haciendo lo posible por contener su preocupación–. Eso es motivo suficiente para que Roble Tallofuerte nos ataque con todos sus guerreros y destruya nuestro reino.

–Es posible, pero hasta que no pasen a llevar las leyes de Tierra Amarga, los mercenarios serán tratados como ciudadanos –insistió el rey.

–¿Aunque su presencia pase a llevar leyes intercontinentales? –El marqués Antoine Garraleón apoyó al conde Fuenteamplia.

–Así es, pues no han desenvainado su espada a pedido de ningún cliente. Mientras no lo hagan, les daré el beneficio de la duda. Pero no os preocupéis, las distintas divisiones del ejército y guardias urbanos están al tanto de la presencia de estos sujetos y no les han sacado los ojos de encima.

Ninguno de los presentes quiso contradecir al rey.

–¿Y cómo informaremos de esto a Roble Tallofuerte? –preguntó Abdón.

–Enviaremos a un embajador de buena voluntad que viajará a Aguatrueno a más tardar esta semana.

–¿Y quién será ese valiente que mire cara a cara a Roble Tallofuerte, a Pumagrís y a sus guerreros y les diga que estamos dejando que invadan su tierra? –preguntó el conde Santiago.

Los nobles se miraron entre sí. Ninguno tuvo una respuesta.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2