Capítulo 21. Último viaje al mar

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El dolor de cabeza aumentó cuando la luz del sol entró por la puerta e iluminó su rostro. Se protegió colocando la mano sobre sus doloridos ojos y miró a su alrededor. Todo estaba borroso. Cuando al fin logró enfocar la vista vio junto a su cama a un sujeto de aspecto siniestro, tenía el rostro arrugado y los ojos serios. Por yelmo llevaba el cráneo de un puma, las garras del inerte animal caían sobre sus hombros y el pellejo pardo le colgaba como una capa.

–¿Chamán… chamán Pumagrís? –Lo reconoció–. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hace aquí? –preguntó Junco, desorientado– Mi padre… mi papá… él.

–Descansa. Aún no te has recuperado.

–Ha muerto. ¿Verdad? –Una lágrima solitaria rodó por su mejilla–. No fue un sueño.

–Después de su defensa ante aquellas bestias, tu padre se ha convertido en el más grande guerrero de nuestro pueblo. –Intentó consolarlo–. Ni Coirón Riobravo se le compara. Las ancianas ya componen canciones en su honor.

Junco sentía que se reventarían las venas de sus sienes. No conseguía aguantar las lágrimas y caían sobre la manta que le había regalado su padre.

–¿Cuándo… cuándo llegaste?

–Demasiado tarde. Lamento mi ausencia y mi demora. Sin embargo, de no haber sido por ambas, Rocalga y su gente ya no existirían.

–El… el cuerpo de mi padre ¿Dónde está?

–Es mejor que descanses –respondió Pumagrís y arrojó unas ramitas a la hoguera que estaba en el centro de la pequeña casa. El humo aromático relajó los músculos del pequeño y cayó en un profundo sueño.

 

Fuera de la morada se encontraba la capitana Chilca Ramaseca. Un hilillo de sangre le corría desde el hombro, la única herida que tuvo durante la batalla.

–¿Cómo está el chiquillo? –preguntó.

–Tan mal como alguien que hubiera visto desaparecer a su padre.

–Estoy a tu servicio, chamán. ¿Qué más necesitas?

–Gaviotas –respondió–. Muchas gaviotas.

Pumagrís sabía que debía advertir de lo sucedido al resto de los pueblos de Tierraíz, por lo que se dirigió hacia los roqueríos. Allí, frente al mar, emitió un sutil silbido y, al cabo de unos segundos, una decena de gaviotas respondió a su llamado y se posaron sobre sus hombros y antebrazos. Chilca, aunque maravillada ante aquella imagen, mantuvo su compostura, la cara seria, los brazos quietos, siempre afirmando su lanza, alerta. El chamán habló con las aves en un lenguaje que la guerrera no logró comprender, y estas agitaron sus alas para emprender el vuelo en distintas direcciones.

–¿Qué les has dicho?

–Cada una va con un canto para los líderes de Tierraíz. Espero que lleguen sanas y salvas. Chilca, agradecería que estés al mando de la fabricación de las balsas para nuestros caídos. Hoy les daremos su último viaje al mar. –Suspiró y se alejó de la playa en dirección a El Claro.

En el pueblo, los niños y ancianos lloraban a sus muertos, a lo lejos una mujer desconsolada se aferraba al cuerpo sin vida de su esposo, más allá se oía el lamento de un hombre que había perdido a su mujer, la abrazaba y hundía con amargura el rostro entre sus negros cabellos. Los árboles y la hierba carbonizados hacían todo mucho peor. “Esto es imposible de lograr sin fuego. ¿A qué nos enfrentamos?”, se preguntaba el chamán.

–Han salvado a Rocalga –lo sorprendió Totora. Le tomó por los hombros con vehemencia. La mano huesuda y débil le temblaba.

–No como hubiese querido –respondió Pumagrís–, pero hemos de sobreponernos rápido. Hoy enviaremos todos los cuerpos al mar y mañana al amanecer nos iremos de aquí.

–¿Huiremos? –los interrumpió una voz juvenil.

El muchacho estaba sentado sobre el tronco de un árbol caído. Tenía una compresa en la frente y un vendaje que le rodeaba el pecho y el hombro.

–¿Y tú eres?

–Litre Brisaveloz.

–Es un amigo de Junco –lo presentó Totora–. Llegó a la aldea hace unas semanas.

–Sí, Litre, huiremos. No podemos quedarnos aquí. Si los espectros regresan, solo encontrarán gente malherida.

–¿Entonces nuestro sacrificio fue en vano? De haberlo sabido antes, todos hubiéramos escapado y no estaríamos lamentando ninguna muerte.

–Lo que hicieron fue valiente. Si todos hubiesen huido los espectros los habrían alcanzado en el bosque y asesinado por la espalda –respondió el chamán–. El sacrificio que hicieron permitió salvar a niños y ancianos, y dio el tiempo para que llegáramos. Ahora que la amenaza ha pasado, debemos abandonar estas tierras.

–No me molesta huir, chamán, me preocupa el dónde. No podemos escondernos de la Isla Oscura –dijo desesperanzado.

–No por ello nos dejaremos morir, Litre Brisaveloz. Mañana, antes de que salga el sol, marcharemos lejos de la costa, lejos del mar… Iremos a Aguatrueno.

–Pues a Aguatrueno –dijo Litre y alzó el vaso que tenía en la mano sana, bebió todo su contenido de un trago y se levantó trabajosamente–. Ustedes hagan sus planes, yo iré a ver a Junco. Alguien tiene que cuidar del pobre huérfano.

 

Fue triste aquel atardecer.

El que ayer fuera un mar amenazador, hoy se mecía suavemente dispuesto a recibir a más de doscientas balsas, cada una con el cuerpo de un ser querido que cayó protegiendo a su pueblo, entre ellos el del buen Espino Pastoseco. Junco Briznasol hacía infructuosos intentos para no llorar, pero las lágrimas no respetaban su decisión. Los mellizos Ñirre y Lenga Finarraíz hacían estériles esfuerzos por consolar a su amigo, una tarea imposible pues el único cuerpo que faltaba era el de su padre.

–Oh, espíritus de los mares, guíen a estas mujeres y a estos hombres valientes –clamaba el chamán Pumagrís al ritmo solemne de su tambor ceremonial–. Permítanles reunirse con sus ancestros, guíenlos con sus corrientes e impúlsenlos con la fuerza de su marea.

Los sobrevivientes se agolpaban en la orilla y hundían sus pies en las aguas en un intento desesperado por sentir a sus seres queridos. Sumergían las manos y salpicaban sus rostros con el espumante mar. Un último beso, un último abrazo.

Entre llantos y dolores, la gentil Lirio Hierbarcoíris agitó una rama incinerada y cantó:

 

Naden al horizonte

que el sol los escolte.

Hacia la mar irán,

ella los cuidará.

 

A sus ancestros podrán saludar.

No miren atrás.

Nuestra hora ya llegará

y nos volveremos a encontrar

 

Disfruten del calor,

que aquí aún queda valor.

Desde allá velen por nuestro corazón,

rueguen que lata con fuerza y tesón

  

La tierra a nuestros pies

cuida a sus hijos, por eso velaré.

Ahora que ya no están,

a su familia y amigos voy a cuidar.

 

Su tiempo bello fue,

mas no deben de volver.

Este ya no es su hogar

Marchen sin parar,

hacia su nueva casa…

el mar

 

Junco miró de reojo a Cormorán Surcalagos. El pájaro de mal agüero estaba de pie sobre una roca oteando a lontananza, siempre con su arco y su carcaj.

–No cualquiera puede ser un estepario –le dijo Litre.

–Él peleó bien –susurró y se quedó en silencio por largos minutos. “Podría ayudarme a buscar a mi padre”, pensó.

Las balsas se perdieron en la lejanía junto con el sol del crepúsculo. “Adiós, amigos. Adiós, Rocalga”, se despidió el pequeño y allí, frente a los espíritus del mar, juró que daría su vida por encontrar a su papá.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2