Capítulo 17. Coipo

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“Tu amiga Lirio no podrá traer todas sus cosas sola, así que debes ir a buscarla”, fue la orden que le había dado su padre, por lo que partió sin chistar a lo profundo del bosque Pardo para ayudar a Lirio Hierbarcoíris, la aprendiza del chamán Pumagrís.

Misiones como esa eran las que Junco adoraba. Caminar bajo los árboles, escuchar el ulular de los insectos, respirar el aroma del bosque y escuchar el canto de las aves le hacían sentir vivo. Respiraba hondo, hinchando su pecho para que no se le escapara ninguno de los olores de la foresta. Por aquí percibía el aroma del copihue, por allá algo de huingán y a lo lejos sentía un dejo a raulí. Olfateaba todo lo que podía y memorizaba sus nombres, tal como le había aconsejado la anciana Totora. Junco alzaba su nariz e inspiraba una y otra vez. “Por aquí pasó un pudú”, “en este boldo se posó un jilguero”, reconocía. Un olor extraño le llegó de pronto, no era una planta, tampoco un animal, al menos no uno que él pudiera reconocer.

–Pareces un zorro oliendo de aquí para allá. –Junco se sobresaltó con la voz que apareció de la nada–. En las estepas no se ven muchos, son escurridizos y difíciles de atrapar. Olfateas como un zorro, pero te muestras confiado como un coipo en la seguridad de su río.

“El pájaro de mal agüero”, se asustó Junco. No lo vio llegar ni escuchó sus pasos. Qué mal se sentía por haberse convertido tan fácilmente en una presa.

Cormorán Surcalagos estaba sentado sobre un árbol caído a la vera del sendero. Las capas de piel de ñandú le cubrían desde la cabeza hasta los pies.

–¿Qué haces aquí? –le preguntó Junco.

–Tu padre me dio hospedaje en Rocalga y me ha invitado a la celebración del nuevo año. Como invitado, tengo permiso para recorrer libremente los bosques y eso hacía.

–¿Y acaso puedes volar? No escuché tus pasos.

–Un mensajero estepario no deja huellas ni hace ruido al caminar –respondió sin levantarse–. ¿Y tú, qué hacías olfateándolo todo como un cachorro que recién descubre los olores del mundo?

Junco se avergonzó.

–Estoy aprendiendo a leer a la naturaleza. Quiero entender todos los mensajes que nos entrega y así poder servir a mi pueblo. Si lo consigo, podría ser un buen cazador para llevar comida a mi gente.

–Dejas muchas huellas en el camino para querer ser un cazador –gruñó Cormorán con displicencia–. No solo debes saber leer a la naturaleza, sino también ser invisible en ella si así lo deseas.

Se levantó y se acercó a grandes trancos, tanto que en solo dos pasos ya estaba al lado de Junco. El pequeño se percató que en ese trecho el pájaro no dejó ninguna huella.

–Un cazador es un acechador, como el águila, que vuelta tan alto que nadie logra verla y, cuando menos te lo esperas, te atrapa entre sus garras –apretó el puño–. Un rastreador no deja huellas en el camino ni se deja atrapar con tanta facilidad como tú lo has hecho, pequeño coipo. Un puma es mucho más grande y corpulento que tú, mas te aseguro que no lo hubieras visto llegar. El último olor que habrías sentido en este bosque sería el de tus tripas saliendo de tu barriga.

–No he dejado huellas –se defendió Junco. El pájaro se rio a carcajadas y miró hacia atrás.

–Brizna de hierba rota, marca en el fango, rama aún moviéndose cuando la rozaste con tu hombro –enumeró–, y puedo seguir hasta que empezaste tu camino en El Claro. Ni nuestros recién nacidos dejan tantos rastros al gatear en busca del pecho de sus madres.

Aun con la rabia que Junco sentía en ese momento nada podría haber hecho contra aquel gigante de dos metros al que apenas le llegaba a la altura del vientre.

–No tenía necesidad de ocultar mis pasos –argumentó.

–¡Siempre debes hacerlo! –gruñó el pájaro– Uno nunca sabe cuándo el enemigo estará detrás de ti con una daga en la mano, listo para rebanarte el pescuezo. Los bosques esconden muchos demonios. –Miró alrededor–. Más en estos tiempos.

–Mi padre dice que no hay demonios en Rocalga –refutó Junco.

–Tu padre es buena gente, pero no ha ido a las estepas. ¿Acaso nunca has escuchado de la Isla Oscura?

El pequeño guardó silencio.

–Es una isla siniestra que aparece y desaparece como si tuviera vida propia. Mis hermanos esteparios la vieron. De la nada se materializó frente a sus ojos, emanando cantos espeluznantes de odio, sangre y deseos de muerte. La noche se oscureció tanto que todas las estrellas desaparecieron, y el viento y la lluvia fueron tan terribles que apenas podían mantenerse en pie. Y así como apareció, se desvaneció y la vida volvió al mundo. Nadie sabe qué criaturas viven en esa isla, pero algunas personas han visto extraños pájaros volar desde ella hacia nuestras costas, y todo aquel que escuche su canto morirá… tuetué –cantó Cormorán– tuetué. Dicen que les fascina la sangre y no dudan en asesinar para obtenerla, dejando tras de sí un reguero de cadáveres resecos de animales. Mientras más pequeña la víctima, más fácil beberle su sangre.

Junco tragó saliva.

–Siempre oculta tus pasos o morirás, pequeño coipo. Ahora sigue tu camino, que yo proseguiré el mío. Un estepario como yo no siempre puede ver bosques como estos y quiero conocerlos bien.

El pájaro dio media vuelta y se alejó entre brincos y trotes tan rápidos que Junco no podría haberle seguido el paso, aunque corriera a toda su velocidad. Y lo más humillante para el pequeño fue que el pájaro no dejaba huellas. A partir de ese momento Junco decidió caminar con más cuidado, fijándose siempre dónde ponía sus pies y borrando su rastro. Así se dirigió hasta el hogar de su amiga Lirio.

Tras mucho andar, se preguntó: “¿pájaros que beben sangre de animales?” Y recordó lo sucedido con los ñandúes, llamas y perros de los clanes. El único sonido en kilómetros era el de las hojas golpeándose entre sí y por primera vez tuvo miedo al encontrarse solo en el bosque. “Son solo cuentos para asustar niños, y yo no lo soy”, se convenció y siguió su camino, sin embargo, ya nunca más dejó de mirar al cielo… asustado.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2