Capítulo 14. Pájaro de mal agüero

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Junco regresaba de una de sus tantas incursiones en el bosque cuando vio a la sabia Totora conversando con un extraño sujeto en un costado de El Claro, lejos de las fogatas que los aldeanos habían encendido para paliar aquel atardecer helado. De todas las personas que había visto en su corta vida esta era la más singular, era extremadamente alta, de casi dos metros de altura, con la cara curtida por la intemperie y los pómulos pintados con franjas blancas y negras. Su atuendo era aún más extravagante, gruesas capas de pieles pardas adornadas con plumas colgaban de sus hombros, como si un ave se hubiera incorporado y caminara cual hombre. Un gigantesco arco le colgaba del hombro y un carcaj de cuero marrón cargado de flechas adornaba su cintura. Junco notó que los aldeanos estaban intranquilos con la presencia de aquel peregrino y encerraban a sus pequeños en las casas.

–No lo mires tanto. –Litre Brisaveloz apareció al lado de Junco–. Es un pájaro de mal agüero, un mensajero del pueblo estepario. Ellos saben cuando los miran, cuando hablan de ellos e, incluso, cuando están pensando en ellos.

De pronto, el inmenso sujeto dirigió a Junco una mirada penetrante. Tenía los ojos rasgados y misteriosos. El pequeño se asustó y desvió la vista hacia el suelo.

–¿Por qué les dicen pájaros de mal agüero? –preguntó con miedo.

–Fíjate en sus vestimentas. La gente de las estepas se viste con pieles de animales. Los desuellan y se colocan el cuero directamente sobre sus cuerpos, no tejen la lana como nosotros. Identifican su posición social según la piel del animal que visten, y las pieles que lleva ese sujeto son de esos pájaros gigantes llamados ñandú, un atuendo reservado exclusivamente para los mensajeros… mensajeros que nunca entregan buenas noticias. Por eso los llaman pájaros de mal agüero. Son personas misteriosas que van de pueblo en pueblo a una velocidad sobrehumana dando malas noticias de lo que sucede en las estepas.

–¿Entonces pasó algo malo allá?

–Los rumores que vienen del sur hablan de miedo y terror. Si él está aquí, hay que pensar lo peor. Los esteparios siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben. Son nómades guerreros, todos enormes, el más pequeño de ellos es más alto que el hombre más alto de Costazul. Vagan durante toda su vida en las tierras del fin del mundo, recorriendo los espesos bosques de arrayanes, atravesando selvas insondables, sorteando vados, escalando glaciares tan anchos y altos como nuestra cordillera, dibujando senderos por las amplias y desoladas estepas donde el viento corta la piel como un cuchillo. Las historias dicen que hasta han navegado por el mar Negro que separa a Tierraíz de la Tierra de Hielo. Toda su vida es un eterno deambular. Si este pájaro de mal agüero está aquí, es señal de que han sido testigos de malas noticias y lo han enviado a advertirnos del peligro.

Junco se estremeció.

Totora seguía hablando con el pájaro de mal agüero. Arrugaba su ya arrugada frente y sujetaba su mentón con el pulgar y el índice, fruncía los labios. Se veía diminuta al lado del pájaro, apenas le llegaba al pecho. Junco, curioso, quiso acercarse, pero Litre lo contuvo tomándolo de la muñeca.

–No vayas, muchacho. No es bueno escuchar a los pájaros que pregonan fatalidades. “Hablar del mal, llama al mal”, dicen los ancianos, y escuchar del mal, también. Que los líderes se encarguen.

–No quiero que mi papá escuche el mal –dijo con preocupación–. Quiero estar ahí, apoyándolo.

–Él no necesita apoyo… ¡Es Sauce Briznasol! Una leyenda viviente.

–Es mi papá –replicó el pequeño con tristeza.

Totora tomó del hombro al exótico viajero y se dirigieron hacia el hogar de Amancay. Junco notó que las zancadas del sujeto eran enormes y la pobre anciana debía caminar rápido para seguirle el paso. Los aldeanos se alejaban a su andar y los perros huían aullando con la cola entre las patas.

–Es un monstruo –susurró Junco.

–Es un estepario –le corrigió Litre.

 

La casa de Amancay estaba hermosamente adornada. En las paredes colgaban tejidos coloridos, armas, escudos y regalos de otras tierras. El aroma a canelo inundaba la estancia. Amancay estaba sentada en el sitial de su ausente hermano Ulte. A su lado, de pie, se encontraban Sauce y Espino.

–Amancay –habló Totora–, como había anunciado, ha llegado un mensajero de las estepas.

“Un pájaro de mal agüero, querrás decir”, pensó Amancay y lo miró con recelo.

–Puede llamarme así, si lo desea –habló el sujeto, como si hubiese leído sus pensamientos–. Todos en este continente me dan ese nombre y usted también, lo veo en sus ojos. Consideran la verdad como un mal agüero. En cambio, nosotros los esteparios vemos la verdad como la verdad. –Sus ojos rasgados se clavaron en los de Amancay.

–¿Y qué verdad nos traes? –preguntó Espino con voz seca.

–La de la muerte.

–¿Acaso nos amenazas, estepario? –Espino acarició el mango de su daga de lapislázuli. El pájaro no se inmutó.

–Calma, calma. –Totora llamó a la prudencia–. Permitan que dé su mensaje.

–¡Que lo entregue pronto y se vaya de Rocalga! –Agitó la mano Amancay–. Habla, pájaro de mal agüero.

Sauce se percató de lo mal que estaban tratando a su invitado y quiso remediar la situación.

–Tu nombre, estepario, dinos tu nombre.

–Cormorán Surcalagos me llamó mi padre y mi madre, y Cormorán Surcalagos pueden llamarme ustedes. –Mantuvo su semblante serio.

–Dime, Cormorán Surcalagos, ¿podemos ofrecerte algo? ¿Comida? ¿Bebida?

–Orejas. Vine a entregar dos mensajes y pido que sean escuchados, tal es mi propósito y no otro –gruñó.

–Pues habla ya –refunfuñó Amancay, molesta. Cormorán la observó por largos segundos, escrutándola, como quien mira sin comprender lo que tiene frente a sus ojos. Amancay se sintió incómoda, se arregló el vestido y la manta, se sentó más erguida y aclaró su garganta.

–He ido de pueblo en pueblo entregando un mensaje de muerte y terror proveniente desde el sur. Venía hacía aquí cuando me encontré con Pumagrís, su chamán. Me pidió que les dijera que ya viene en camino. Espera regresar en la primera noche del nuevo año.

“Al fin retornará”, se alegró Sauce.

–¿Cuándo lo viste? –preguntó Amancay, escéptica.

–Hace once días, en el humedal Juncosalto. Su chamán descansaba con los pies en las aguas cuando lo encontré.

–¡Por tu boca no salen más que mentiras, pájaro! El Juncosalto queda a más de dos lunas de viaje –se exasperó Amancay–. ¿O es verdad lo que se dice de ustedes y pueden moverse tan rápido como esos pájaros gigantes de sus tierras? ¡De otra forma es imposible!

Un sutil encorvamiento de cejas fue la primera expresión que demostró Cormorán en toda la conversación. Sauce se dio cuenta de que el mensajero se había enfurecido al ser tratado de mentiroso, mas si quiso decir algo contra Amancay, se lo guardó.

–Los mensajeros de las estepas no avanzamos como las personas comunes de su pueblo. Nuestras piernas son largas, fuertes y no conocen el cansancio –fue su única defensa.

–Gracias por entregarnos las palabras de nuestro chamán –añadió amablemente Totora–. ¿Y cuál es el otro mensaje?

Aguardaron en silencio a que el pájaro cantara. Amancay tamborileaba con los dedos, Totora se apoyaba en su cayado mientras miraba al gigante, Sauce y Espino guardaban respetuoso silencio. Tras unos segundos, habló.

–La Isla Oscura existe. Un día estaba sobre el mar y, luego, no –dijo escueto.

–¿Eso es todo? –preguntó Amancay, sin entender–. ¿Acaso debemos preocuparnos? –Su voz tenía un dejo de sarcasmo.

Espino compartía la confusión de Amancay. En cambio, Sauce y Totora sabían de lo que hablaba, pues ya estaban alertados de aquel rumor que rondaba por el sur.

–Hace ya un año que los esteparios venimos escuchando la historia de la Isla Oscura –continuó el pájaro–, pero de diferentes bocas, todas temerosas. Quienes huyen al norte o marchan más allá de las montañas cuentan que hay una isla que aparece frente a estas costas, y cada vez que lo hace la noche se hace tan insondable que desafía la vista de los ojos más penetrantes. Dicen que perturbadores cantos povienen de ella, infundiendo el terror en los cuerpos más valientes. Dudamos de esas historias hasta que dos de nuestros batidores vieron la Isla con sus propios ojos hace algunas lunas, y en su propia carne sintieron el horror de los cánticos proferidos en una lengua desconocida. Tan oscura se hizo la noche que las estrellas desaparecieron y nuestros vigías no pudieron verse entre sí, pese a estar a un palmo de distancia. En sus corazones supieron que desde esa isla llegará un horror inimaginable a Tierraíz. Desde entonces, los esteparios nos estamos preparando para lo peor. Nuestros guerreros se han pintado el rostro de blanco y de negro. Han abandonado las regiones de Pasto del Sol, Bosquelenga, Sotomuerto, Lagohondo y Ríofuerte para reunirse en Picohielo. Tres mil esteparios acampan a pocos kilómetros del mar Negro. En la siguiente luna marcharán a la costa e iniciarán La Vigilia. Cuatro mensajeros fuimos enviados a todos los puntos de Tierraíz para confirmar los rumores de la Isla Oscura. Tiempos sombríos se avecinan. De ustedes depende tomar los resguardos para proteger a su gente. No me pidan consejos, solo soy un mensajero… un pájaro de mal agüero.

–Muchas gracias por advertirnos. –La voz de Totora sonaba más seca que de costumbre. Una cosa eran simples rumores, otra muy distinta era que se confirmaran–. Tomaremos las salvaguardas correspondientes. ¿El chamán Pumagrís sabe de esto?

–Lo sabe. Se lo dije en Juncosalto. Ahora debo retirame. Ya he entregado los mensajes a los pueblos que me correspondían. He de volver a las estepas, mi familia aguarda mi llegada. –Cormorán hizo una sutil venia a la anciana.

–Un momento, pájaro. –Espino lo detuvo–. Si algo se dice de los esteparios es que siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben. Sin embargo, recién ahora, después de un año, nos enteramos del desastre de Montepardo y fue gracias a Pumagrís. ¿Por qué no recibimos a un pájaro de mal agüero hace un año? ¿Cómo es posible que ustedes no supieran nada siendo que Montepardo colinda con su territorio? ¿Por qué no nos advirtieron de aquella desgracia apenas ocurrió? ¿Acaso esta isla que mencionas tuvo que ver con lo ocurrido a nuestros aliados del sur? Incluso la luna nos avisó del peligro.

El pájaro guardó silencio. Se mantuvo erguido por unos minutos, se sacó el arco del hombro, apoyó una de las puntas en el suelo de tierra y la otra la sujetó con ambas manos.

–La luna roja no les advirtió del peligro, no. Todo lo contrario, dio la orden para iniciar la matanza y el baño de sangre. No hay que confiar en ella, es traicionera, solo el sol nos salva de su perfidia.

–Respeta a la Luna, pájaro –le advirtió Amancay–. Es uno de nuestros altos espíritus.

–Cormorán, te ruego que respondas –intervino Sauce para evitar una discusión mayor.

El pájaro asintió con un gruñido gutural.

–El hombre de la daga azul habla con la verdad. Los esteparios fallamos esa noche, mas no por desidia. Puedo asegurarles que somos muy pocos los esteparios que sabemos que Montepardo ya no existe, y de esos pocos, ninguno sabe si la Isla tuvo algo que ver. La noticia llegó a mí por boca de Pumagrís en Juncosalto. Según sus palabras, todo el bosque de Montepardo, sus casas y su gente fueron carbonizados, pero ningún estepario vio columnas de humo alzarse en el cielo y ningún estepario sintió el rancio aroma del carbón. Lo que acabó con Montepardo no fue el fuego, sino algo tan siniestro que ni siquiera su chamán me quiso decir.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2