Capítulo 6. Aguatrueno

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Al fin había llegado el último día. Quince jornadas duró el viaje de Palma hasta Aguatrueno, pues Roble no paró de cambiar el rumbo de manera constante para visitar los clanes dispersos por Costazul y ayudarlos en caso de necesidad. “Somos los protectores de esta tierra y nuestro deber es velar por ella”, arengaba cada vez que se desviaba del camino. El morral que Palma llevaba consigo se había hecho más pesado con el paso de los días. No estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias. Pese a su alegría inicial, ahora añoraba su hogar y su cama. Estaba cansado de dormir sobre el suelo desnudo. Extrañó aún más aquellas comodidades cuando le informaron que debían escalar un cerro para llegar al valle donde se emplazaba la aldea–fuerte. “Al menos es diminuto”, fue su consuelo.

–Desde aquí parece pequeño, pero te sorprenderás cuando lo veas de cerca… ¡Es gigantesco! –le advirtió la guerrera Laurel Montepiedra como si hubiese leído su mente–. Acostúmbrate a ese cerro, chico, desde mañana tendrás que subir y bajar por él todos los días hasta que termine tu entrenamiento.

Pese a su tez huraña, el joven Palma consideraba a Laurel como una excelente compañera de viaje. Siempre estuvo dispuesta a brindarle consejos y a reconfortarlo en el cansancio. Sin embargo, aquella información sobre su cada vez más cercano entrenamiento fue como si le hubiesen puesto un enorme saco de arena sobre los hombros. Su única respuesta fue un suspiro resignado.

 

Tras un frugal desayuno continuaron su derrotero sin detenerse para almorzar. Tan extenuante fue la caminata que pasado el mediodía ya se encontraban en las faldas del otrota pequeño cerro que ahora se alzaba como un enorme macizo. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Palma comenzó el ascenso. Paso a paso subió y cada paso le pesaba más que el pasado. Ya no respiraba, jadeaba. Siete veces tropezó y cayó de bruces, y las siete veces se levantó sin ayuda, no porque se la negaran, sino porque él la rechazaba. Quería demostrar su valía en esta última etapa. El sol estaba justo detrás de sus cabezas. Sentía sus hombros quemarse con el dorado astro e irritarse con el roce de los cordones de su bolso de cuero. Tenía que dar su último esfuerzo. Nada le importaba más que llegar a Aguatrueno para poder descansar y convertirse en un guerrero.

Aún no atardecía cuando alcanzaron la cima. Roble se adelantó al trote hasta una roca de casi cuatro metros de alto.

–¡Palma, ven! –lo llamó a viva voz. El joven obedeció apenas. Tenía los muslos agarrotados–. Esta es la Piedra del Águila. Desde este punto puedes ver todo el valle de Aguaviva, donde yace nuestra aldea. Mira.

Aguatrueno se le apareció como si estuviese en un sueño. Al interior del valle y rodeada por escarpados cerros cubiertos de árboles de tupido follaje se hallaba la aldea–fuerte. La capital de Costazul estaba protegida por una resistente muralla de piedra de tonos pardos que desfilaba por las faldas de los cerros. En su costado norte había un lago de aguas verdes que nacía por obra de una altísima y delgada cascada, cuyo estruendo al caer daba el nombre a la aldea; en el sector sur de la fortaleza se encontraba un portón confeccionado con resistentes troncos que daba paso a un camino que bifurcaba al este, perdiéndose en un enorme bosque.

–El lago Esmeralda y el bosque Silente. –Apuntó Roble con su lanza–. Ambos, junto a estos enormes cerros, nos protegen de toda amenaza. Aquí será tu entrenamiento, muchacho. Es aquí donde te convertirás en un guerrero. Tu única misión en la vida será entrenar cuerpo y mente para que, llegado el momento, defiendas a tu gente de cualquier mal, venga del norte o del mar, del sur o de más allá de las montañas. ¿Entiendes eso, Palma? Siempre debes estar del lado de tu pueblo.

–Entiendo, señor.

–¡Bajemos entonces!

El descenso fue mucho más sencillo. Saltaban de roca en roca y se deslizaban con agilidad por los senderos. El grave canto de un cuerno los recibió y las puertas se abrieron de par en par. ¡Al fin Palma había llegado a Aguatrueno!

Pese a que el sol ya se ocultaba, había un gran alboroto en el interior. Hombres y mujeres cargaban bultos de aquí para allá, entre las chozas y casas construidas con piedra, madera y colihue. El sonido constante de voces y gritos inundaba la aldea. Al igual que en Rocalga, en el centro también contaban con un tótem de Coirón Riobravo, el cual se encontraba junto a una enorme hoguera donde parte del pueblo se reunía para capear el frío otoñal. Era similar a su antigua aldea, pero mucho más grande y con más habitantes.

–¿Habías visto alguna vez tal cantidad de personas en un solo sitio, muchacho? –Palma no era capaz de cerrar la boca–. Antiguamente esta aldea era muy parecida a la tuya, no más de diez casas en el centro y algunos pocos clanes en los alrededores. El muro que rodeaba Aguatrueno en ese entonces no se compara con el actual. Fue durante la invasión de Emilio Martesta que mejoramos la fortificación, siendo nuestra última defensa en caso de que tuviéramos que huir y refugiarnos de los conquistadores. Pese a nuestra victoria, mucha gente se vino a vivir tras estas murallas. Se sienten seguros aquí y todos los años recibimos a más personas. De las seis aldeas de Costazul, esta es la más habitada y contamos con grandes huertas y animales para subsistir en caso de una nueva invasión.

–Pensaba que solo era un lugar de entrenamiento.

–También lo es. Sígueme, te mostraré lo que te espera.

Roble guio al joven por entre las casas y la multitud hasta llegar a una explanada ubicada fuera de los muros, en la ribera del lago Esmeralda. Allí vio a una veintena de jóvenes combatiendo con lanzas y mazas.

–¡Señor Roble, ha regresado! –gritó una chica de negro pelo trenzado que corrió hacia ellos mientras guardaba un puñal de piedra en su cinto de cuero. Palma notó que era muy joven, casi de su edad, quizás un par de años mayor. Una manta gris cubría su cuerpo, pero alcanzó a vislumbrar una fea cicatriz en su antebrazo izquierdo y unas más pequeñas en el brazo derecho–. Estuvo fuera por mucho tiempo, señor. Pensé que le había ocurrido algo malo.

–Solo andaba de reconocimiento, Chañar, pero he vuelto… y con un nuevo aprendiz.

La joven saludó amistosamente a Palma e iba a continuar hablando cuando el grito de su instructora la obligó a regresar a su entrenamiento. Con un rápido gesto se despidió de ambos y volvió a empuñar su daga, presta a utilizarla contra los otros aprendices.

–Sus cicatrices…

–Chañar Cieloazul es una joven tan disciplinada como tozuda, muchacho. Esas cicatrices son reflejo de lo último. Sería bueno que ella misma te cuente cómo las obtuvo para que aprendas a obedecer. Ya mañana podrás hablar con ella. Por ahora es mejor que vayas a dormir. Me imagino que extrañas las bondades de una buena cama.

–Sí, señor.

–Entonces aprovecha esta noche. Solo por hoy te quedarás en un lugar confortable y con un colchón blando. A partir de mañana olvídate de las comodidades. ¿De acuerdo?

–Sí, señor.

–Sígueme.

La choza que le habían preparado tenía unas brasas encendidas en el centro y un colchón de lana en el piso. Un lugar bastante acogedor, o al menos eso le pareció a Palma tras dormir por quince días sobre rocas y fango.

–Espero que descanses, pues el bullicio se extiende hasta tarde. Que tengas buenas noches.

Palma se encontró solo en aquel lugar, sin su madre, sin sus amigos, sin su gente… y aun así, se sentía feliz por estar haciendo lo que siempre soñó. Se acercó a las brasas para calentar el cuerpo y se recostó sobre el suave colchón. “Al fin apoyo la cabeza sobre algo que no sea mi antebrazo”, se dijo con alegría. Su último pensamiento antes de caer profundamente dormido fue la lucha de aquellas luces en el bosque. “Cuando sea un guerrero iré hacia el horizonte en busca de esos seres para que me fabriquen un arma”.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2