8
No todos los días un niño era elegido por el mismísimo Roble Tallofuerte para ir a Aguatrueno. Los aldeanos estaban contentos por Palma e iban a su pequeña casa para felicitarlo y darle los más vistosos obsequios. Piñones, mantas, cuchillas de piedra y más recibía el joven, no teniendo ya ningún lugar libre en su morral. Los niños se agolpaban en el umbral para verlo y, los más osados, entraban sin permiso y comparaban su estatura con la del fornido chiquillo. “¡Yo seré más alto!”, exclamaban mientras sacaban sus infantiles cálculos.
–Quizás algún día sean tan altos como yo, pero ¿serán así de fuertes? –gruñó y alzó a uno de los niños con un solo brazo. Tanto asombro y temor les causó, que huyeron gritando y agitando las manos.
Palma rio a carcajadas y siguió ordenando su equipaje cuando vio una nueva sombra ingresando a su morada.
–¿Acaso no jugaron bastante? –preguntó y, al voltear, vio el rostro de su madre– ¡Perdón, mamá, pensé que eran los niños!
–Esos pequeños… Recién los vi jugando con unas ramas. Gritaban tu nombre y el de Roble, imitando la pelea de ayer. Te admiran.
–No deberían hacerlo. Apenas tengo dos o tres años más que ellos. Además, soy un donnadie. –Seguía sacando y guardando cosas de su atiborrado morral. No sabía cómo ordenarlo.
–Algún día serás alguien. Los niños te tienen fe. Piensan que serás un héroe. Tú también deberías confiar en ti mismo ¿O acaso dudas de tus habilidades?
–Dudo de pasar el entrenamiento de Roble. ¡Dicen que es terrible!
–Lo es, de eso no hay duda. Aún me quedan un par de cicatrices de mis años en Aguatrueno. –Le mostró unas heridas que tenía en la espalda y otras en la cabeza, donde ya no le crecían cabellos–. A ti te irá bien.
–¿Te entrenó Roble?
–No, fui su compañera. A ambos nos entrenó el anterior líder de batalla. Nos conocemos desde entonces.
Notó que su hijo seguía complicado ordenando sus pertenencias. Lo ayudó empujando con fuerza hacia abajo.
–Apresúrate. La tropa está por partir y no querrás quedarte fuera por culpa de tu equipaje.
Toda la aldea estaba en pie. Querían despedirse de los guerreros y del joven Palma Talloverde. Vitoreaban y le gritaban arengas.
–Nos veremos en unos años –le dijo Junco y alzó su mano en despedida.
–Cuando vuelva veremos quién caza más guanacos –bromeó Palma.
Su madre fue la última persona de Rocalga en hablarle. Su rostro reflejaba a la vez orgullo y tristeza. Le tomó de los hombros por largos segundos hasta que el cantar de una loica le sacó las palabras.
–Cuídate, cuida a tus compañeros y respeta a Roble.
–Lo haré, madre.
Palma marchó en dirección al alba. Volteó para ver a su gente y se despidió con la mano en alto. “Extrañaré Rocalga”, pensó y se perdió en la lejanía con sus nuevos compañeros de armas.
Roble avanzaba decidido, siempre adelante. Eclipsalunas lucía majestuosa en su mano derecha apuntando hacia la aldea–fuerte. Tras él iba Palma, nunca había salido de los límites de Rocalga y menos emprender un viaje a otra aldea. Siempre había soñado con tener aventuras en tierras lejanas: rescatar a una doncella, ser un batidor avezado o defender a su pueblo. Tales eran sus fantasías y ahora se estaban cumpliendo. Todo aventurero debía partir de abajo y este viaje a nuevas tierras lo prepararía para futuros peligros. Mientras cruzaba arroyuelos y escalaba lomas, se imaginaba vistiendo una resistente armadura de cuero confeccionada por famosos peleteros y blandiendo su maza con majestuosidad. Se vio a sí mismo bajando a las cavernas más profundas presto a luchar contra aquellas extrañas criaturas de las historias que le contaba su madre ¡Él sería el héroe que volvería con la cabeza del monstruo!
–¡Eh, muchacho, deja de soñar despierto y ten cuidado por donde pisas! –le dijo un guerrero al verlo tropezar–. No llevamos ni mediodía de viaje como para que te lastimes una pierna.
Roble detuvo la marcha y oteó el horizonte oriental desde la cima de una loma. Palma aprovechó para encaramarse en una formación rocosa y contemplar el paisaje. Desde las alturas vio un inmenso bosque de canelos, boldos, temu, mañíos y otros tantos árboles que cubrían gran parte del territorio; hacia el ahora lejano oeste divisó el mar que había abandonado, brillaba con destellos plateados y dorados. Pudo distinguir también la Colina de La Victoria en todo su esplendor, así como los árboles que rodeaban a El Claro; más cerca, vio pequeñas humaredas provenientes de las casas de los clanes aledaños.
Todo le parecía maravilloso.
–Nos detendremos aquí, comeremos un bocado y luego proseguiremos –ordenó Roble, dejando caer pesadamente sus pertenencias–. Aún nos queda mucho camino. ¿Cómo te sientes, muchacho?
–Bien –respondió Palma.
–¿Cansado?
–No, señor.
–Excelente, porque caminaremos unos cuantos kilómetros más antes de que anochezca. –Llamó al resto de la tropa, tomó una pequeña rama y trazó rutas en la tierra–. Si seguimos a este ritmo llegaremos cerca de la media tarde al Paso de las Raíces y allí doblaremos hacia el norte para llegar al Derrotero del Gigante, donde acamparemos. Por la mañana…
–¿Derrotero del Gigante? –interrumpió Palma.
–¿Te asusta el nombre, hijo?
Esa pregunta no pudo estar más alejada de los reales sentimientos del joven, pues al escuchar el nombre de aquellas criaturas de cuentos antiguos su ánimo aumentó por la posibilidad de ver a un gigante de carne y hueso.
–No hay nada que temer –aseguró Roble–. Nuestros ancestros se encargaron de que ese camino antaño peligroso hoy sea seguro. Esto pasó hace mucho tiempo. –Comenzó a narrar–. Extraños temblores asustaban a la gente. Los bebés lloraban y los perros ladraban atemorizados. Nadie sabía qué ocurría. Los más temerosos culpaban a los espíritus, otros, más suspicaces, decían que los temblores eran provocados por una criatura que podían tocar, ver y oler. Fue así como dos guerreras y una cazadora tomaron arco y flecha, cuchilla y hacha, y marcharon al lugar donde los temblores se sentían más fuertes. ¡Cuál fue su sorpresa! Al llegar vieron a una criatura de piel amarillenta y extremidades grandes y grotescas. Para qué hablar de su tamaño, era tres veces más alto que la más alta de las tres. ¡Era un gigante! –Palma escuchaba emocionado–. Ellas no quisieron atacarlo, mas no por miedo, sino por piedad, pues lo vieron allí, sentado, triste y desolado. Craso error, todos saben que los gigantes son arteros, una estirpe que proviene de lugares oscuros, donde los humanos nunca deben ir. La cobarde bestia fingía tristeza para que sus perseguidoras bajaran la guardia y así poder atacarlas por sorpresa. Claro que no contaba con su valentía. Al verlas en acción, el gigante huyó espantado y, en su fuga, la tierra tembló, partió rocas a la mitad, sacó árboles de cuajo y dividió las lomas. Por allí pasaremos ahora, por el camino que forjó en su huida.
–¿Y qué pasó con el gigante?
–Saltó al río Tronador no sin antes recibir certeros flechazos. La corriente se lo llevó lejos y dicen que murió en el mar.
–¿Y es posible que veamos otros?
–Esas bestias ya no son más que historias antiguas. Yo nunca he visto nada extraño. La mayor aventura será enfrentarse a algún puma hambriento o la crecida de algún río, pero ¿gigantes?… No. En estos tiempos solo sirven para asustar a los niños.
El sol estaba en todo lo alto cuando la compañía retomó la marcha. Respetuosos y silentes eran sus pasos, evitando molestar a los animales y a los espíritus que habitasen en el bosque. Toda esa jornada tuvieron enormes árboles sobre sus cabezas, arbustos rozando sus piernas y, muy de vez en cuando, arroyos bañando sus pies. Pese al sol, el otoño era el otoño y fugaces lluvias aparecían de la nada. “Corten hojas de nalca. Denle una grande al chico. Cubran las provisiones”, ordenó Roble y continuaron sin ánimo de parar. Palma se sentía diminuto bajo la lluvia, más aún guarecido bajo aquella enorme hoja que le entregaron sus compañeros.
–¡Laurel, canta algo para animarnos! –gritó el líder de batalla–. Los veo muy afligidos.
–¿Algo en especial? –preguntó Laurel Montepiedra, una guerrera robusta, de brazos fuertes y falta de un ojo.
–Que el chico aprenda de Riobravo.
La veterana guerrera recordó una canción que le cantaba su padre en las noches de invierno, cuando los vientos soplaban entre las ramas de su choza y los rayos caían a los lejos. Tomó aire y cantó con potente voz:
Ante guerras y traiciones
De familias y naciones
Se peleaban los hermanos
Primaba el asesinato
Pero el martillo llegó
¡De cóndores nació!
Y los pueblos él unió
¡Ahuyentando el horror!
Mató a cinco, cien y mil
“¿Quién es él?” Gritan sin fin
Aquellos que conocían la canción se unieron a la voz de Laurel y corearon:
Es el dueño del martillo
Que a la tierra
trae brillo
¡Riobravo!
¡Riobravo!
De aves él amigo es
Con ellas lo verás correr
Al puma y zorro
¡Siempre fiel!
¡Riobravo!
¡Riobravo!
Aunque Palma no se sabía la letra, la aprendió rápido y se unió a las voces.
Aquel fuego se esparció
Y el bosque pereció
Mas él nunca se rindió
Dirigió más de mil lanzas
Todas de una gran templanza
A la muerte él marchó
A los Campos del Terror
En el volcán alzó su maza
Ante Tromba El Ladino
De todos, el más vil
¡Traicionero y asesino!
Venció al cruel enemigo
Y la paz trajo consigo
¡Riobravo!
¡Riobravo!
Al siguiente amanecer se adentraron en un bosque gigantesco, de árboles tan altos y tupidos que había lugares donde no penetraba la luz del sol. Los rodeaba el canto de insectos, aves y el croar de las ranas. Extraños bichos de alas azules y largos aguijones se posaban en las hojas. Era un bosque fangoso, con muchos charcos y riachuelos. Los troncos y rocas estaban cubiertos de resbaloso musgo, flores y lianas. Mientras más profundo iban, más se encontraban con escarpadas pendientes apenas transitables y en muchas ocasiones tuvieron que descender por inclinados senderos ayudándose de pies y manos. A los tres días salieron de la arboleda y el bosque se tornó disperso. Caminaron hasta el anochecer, deteniéndose en un socavón en el camino para pernoctar.
A Roble le tocó la tercera guardia. Cuando llegó su turno, decidió despertar a Palma.
–Muchacho, ven, acompáñame –le dijo y le entregó una manta–. Esta noche sabrás qué se siente ser responsable de la vida de tus compañeros. Me acompañarás en la vigilia.
–Sí… sí, señor –respondió Palma amodorrado y bostezando.
–Ten, mójate la cara y despierta bien. –Le pasó un plato de greda con agua fría en su interior.
Fuera del socavón había brasas para calentar a los vigías y allí se sentaron, al alero del fuego, bajo las infinitas estrellas que titilaban en aquel frío y despejado cielo otoñal.
–¿Por qué quieres ser un guerrero, muchacho? Sé muy bien que lo deseabas antes de que yo te lo pidiera.
–Por distintas razones.
–Cuéntame, tenemos tiempo y debemos conversar para no dormirnos.
–Los cuentos, señor. Los cuentos e historias que me contaba mi madre. En ellos siempre había héroes valientes que soportaban peligros y realizaban hazañas imposibles. Una vez me contó una historia en la que usted fue el protagonista… usted y el papá de Junco.
–¿Te contó historias de mí?
–Sí, señor. Ella me dijo que marchó junto a ustedes cuando se enfrentaron a una enorme tropa de conquistadores de Emilio Martesta que había llegado hasta Rocalga. Me contó que se ocultaron tras los Dos Árboles y que atacaron por sorpresa a los invasores. Eran decenas de ellos, me dijo ¡decenas! Y ustedes pelearon y pelearon hasta el amanecer. Fueron la carnada que permitió que los aldeanos huyeran. Ella nunca lo olvidó, señor.
–Sí, fue una buena pelea –soltó una risa humilde.
–También me contó historias de Riobravo Maza de Piedra, Corazón de Cóndor. Riobravo fue mi gran inspiración. ¡Sé todo sobre él!
–Riobravo nos inspiró a todos, muchacho. Fue el mejor guerrero que la Tierra nos haya dado.
De pronto, Roble guardó silencio y fijó su mirada en unos extraños puntos de luz que aparecieron en el cielo del norte. Parecía que peleaban, chocando una y otra vez.
–¿Qué es eso, señor? –preguntó Palma, atemorizado. Se levantó con cautela y recogió su maza.
–Tranquilo, chico. –Lo tomó del brazo y lo hizo sentarse–. Tienes suerte de ver este espectáculo. Nadie sabe qué son esas luces. Esta es la segunda vez que las veo en mi vida. Solo es posible apreciarlas en ciertas noches, dicen las ancianas. La primera vez que las vi fue con mi abuelo. Era de madrugada. Habíamos ido a recolectar algas y pasó lo mismo que ahora: dos luces rojas chocando entre sí. Mi abuelo estaba feliz. Me dijo que su lanza, Eclipsalunas, la habían forjado aquellos seres, espíritus antiguos con cabello de fuego.
Las extrañas luces se movían de un lado a otro, dibujando variadas formas en el cielo nocturno y provocando chispas en la lejanía. Siempre chocando, siempre girando. Era un espectáculo bello y misterioso.
–Nunca supe si mi abuelo había inventado esa historia para impresionarme o si hablaba con la verdad. Tampoco me contó el cómo o por qué le regalaron a mi familia un arma tan bella. ¡Mira, ya desaparecieron! Siempre ocurre lo mismo –dijo con nostalgia.
Ambas luces se habían esfumado sin dejar más rastro que el recuerdo. Palma quedó tan fascinado que, al amanecer, contó a todos sus acompañantes, con total seguridad, que había visto pelear a dos espíritus antiguos.