18
Sauce Briznasol se deslizaba sigilosamente por entre la hierba. Con la diestra se ayudaba para avanzar entre los árboles que lo rodeaban y en la zurda cargaba su confiable lanza con la que esperaba procurar el alimento para su aldea. Tan suaves eran sus pasos que ni el animal con el oído más agudo podría haberlo percibido. Junto a él iban hombres y mujeres de mirada hosca y tez recia. Entre ellos también marchaba su hijo Junco Briznasol, un niño de doce años, delgado, de ojos contemplativos, y un brillante y liso cabello negro que le llegaba hasta los hombros. El pequeño estaba nervioso y con algo de miedo; era la primera vez que acompañaba al grupo de caza, mas no podía permitirse mostrar tales sentimientos, ya que los mayores se reirían. Guardó para sí aquellas emociones y se limitó a seguir a su padre.
Una cazadora encaramada sobre un árbol avisó mediante señas que dos guanacos pastaban a unos pocos metros. Los arqueros buscaron el blanco, tensaron las cuerdas de sus arcos y dispararon. Nada salió como debía. Las flechas fallaron y los animales huyeron aterrorizados. Los cazadores los persiguieron raudos por el bosque, atravesando arroyuelos y pequeñas fallas que aparecían de improviso. Junco, armándose de valor y entusiasmado por la bravura de sus acompañantes, corrió junto a ellos. Sacó a relucir su boleadora y la arrojó con todas sus fuerzas a uno de los guanacos, el que cayó pesadamente sobre la hierba.
–Padre, ese animal es mío. ¡Yo lo cacé! –gritó con alegría. Sauce guardó silencio.
El pequeño siguió corriendo a gran velocidad para capturar al segundo guanaco. El nerviosismo y el miedo se transformaron en adrenalina. Su corazón le latía con fuerza, su respiración se agitaba y sentía los músculos de sus piernas acalambrarse. A su derecha apareció Palma Talloverde, otro joven cazador, pero mucho más corpulento que él, de espalda ancha y brazos sumamente fuertes para sus cortos trece años. Ambos se miraban con juvenil complicidad, deseosos de mostrarse capaces ante los adultos. El resto del grupo de caza se limitó a observar con seriedad la competencia entre ambos chiquillos. Palma corrió tan rápido como un puma y de un salto se abalanzó sobre el animal, derribándolo con sus propios brazos. Lo inmovilizó, mas no conseguía domarlo, por lo que sacó un puñal de hoja corta y terminó el trabajo.
Los pequeños estaban empapados en sudor y jadeaban con una amplia sonrisa cuando llegó la compañía con el otro animal. Sauce apareció de entre los cazadores y se acercó en silencio a los guanacos que yacían moribundos sobre la hierba. Su caminar era imponente. Su espalda ancha y cintura angosta le daban un aspecto fiero. Se inclinó ante los animales y les acarició el frondoso pelaje.
–Tendremos alimento para muchos días y abrigo para el invierno. Las ancianas podrán hacer buenas mantas. Espino, dame tu daga.
–¿Tú lo harás? –le preguntó Espino Pastoseco, un hombre entrado en años y de cabello encanecido.
–Sí. Estos dos chiquillos están muy verdes y yo estoy a cargo de la cacería.
Sauce abrazó con ternura a los animales, les acarició la barbilla, levantó sus cabezas y les enterró la daga en la garganta. Los cazadores colocaron vasijas de arcilla y cuero bajo los pescuezos para guardar la sangre. Sauce Briznasol se levantó y le devolvió el arma a su amigo Espino, dirigiéndose, luego, a los dos niños. El rojo lo bañaba desde los codos hasta la punta de los dedos.
–Hace un momento creyeron que tirar una lanza o apuñalar a un animal era un simple juego, nada más que una competencia –les habló con voz dura–. No es así. Nunca es un juego acabar con una vida.
Las mujeres y hombres del grupo siguieron con sus labores, amarrando a los guanacos muertos en unos báculos y haciendo oídos sordos a la reprimenda que Sauce le daba a los pequeños.
–Cada cacería es algo sagrado, una instancia de respeto –siguió–. Los animales que cazamos nos regalan su vida y gracias a este sacrificio podemos sentir la caricia del viento, nadar por los grandes ríos, apreciar el calor del sol y maravillarnos con las estrellas. El regalo que nos hacen es tan grande que debe ser respetado y nunca mancillado con sus competencias infantiles. No cazamos para demostrar quién es el más capaz o el más hombre de nosotros o por una satisfacción personal, sino para vivir… para seguir unidos a la Tierra y a las personas que amamos. Recuérdenlo. –Junco y Palma bajaron la cabeza, avergonzados.
Una vez que terminaron de desangrar a los animales, emprendieron el regreso a Rocalga, su aldea. Junco caminaba cabizbajo al final de la compañía. Palma iba todavía más atrás, arrastrando una rama con la cual dibujaba surcos en el suelo.
–Fuiste demasiado severo con ellos –le recriminó Espino a Sauce.
–Nunca se es demasiado severo cuando se educa al futuro de nuestro pueblo.
–Es la primera cacería de esos niños y, por lo demás, lo hicieron bastante bien. Tu hijo tiene una puntería envidiable y el muchacho Talloverde, una fuerza descomunal. ¿Habías visto alguna vez que alguien atrapara a un animal tan grande con sus propias manos? Son niños –hizo énfasis en niños– y estaban felices por haber sido útiles a su aldea hasta que los regañaste. Tú mismo lo dijiste: tendremos comida y abrigo.
Sauce reflexionó y miró a los pequeños.
–Quizás… quizás tienes razón.
–Siempre la tengo. Es la ventaja de haber vivido tantos años. –Sonrió el templado Espino.
Sauce dejó su puesto en la cabecera y esperó a los niños.
–¿Siguen tristes? –No contestaron. Tenían los ojos llorosos y Sauce supo que debía sosegar su infantil tristeza–. La primera vez que salí de cacería fue con tu abuela, y sus tíos y primos. –Comenzó a narrar mientras caminaban protegidos por los árboles y arbustos que rodeaban el sendero–. Yo apenas tenía nueve años. La lluvia y la nieve arreciaban con furia, los días eran más cortos y mucho más fríos. El invierno no tuvo piedad ese año. Por alguna razón no había peces en el mar ni moluscos en las rocas, por lo que tuvimos que aventurarnos en los bosques para cazar y recolectar frutos. Nuestra gente estaba hambrienta y eso nos llevó a adentrarnos en lo profundo de las faldas de las montañas del este, donde ocurrió lo peor. Yo iba apenas armado con un garrote cuando me encontré cara a cara con un puma de ojos fieros y colmillos afilados, blancos como la leche. No se había alimentado en semanas y eso se notaba en sus costillas descarnadas. El invierno había sido cruel con todas las criaturas y ahí estaba yo, frente a un puma hambriento. Aún recuerdo la espesa saliva colgándole del hocico y su áspera lengua relamiendo sus bigotes. Quise levantar mi maza, atacarlo con toda mi fuerza, quería llevarle comida a mi gente… –Suspiró–. No pude. Tenía tanto miedo que perdí la fuerza. Los otros cazadores se quedaron quietos y en silencio para no enfurecer a la bestia y provocar un ataque. Mi madre tensó el único arco que habíamos llevado, pero el puma, desesperado por el hambre, se abalanzó sobre mí antes de que alcanzara a disparar. Tuve tanto, tanto miedo. “Voy a morir, voy a morir”, era todo lo que pensaba mientras sus garras me arañaban los brazos y el pecho. –Los dos niños habían olvidado ya la pena y escuchaban con atención a Sauce, que movía las manos imitando las zarpas del animal–. Mi madre se abalanzó sobre el puma, enterrándole una y otra vez sus flechas mientras recibía zarpazos y yo, entremedio, creyendo que había llegado mi hora.
–¿Qué pasó al final, señor Sauce? –preguntó Palma, intrigado.
–Mi madre venció. Los dos quedamos con muchas heridas y nos llevaron en andas a la aldea junto al cadáver del animal. Al llegar, el hambre de la gente pudo más y lo devoraron sin miramientos. Aquel día no hubo una muerte respetuosa, solo hambre, dolor y silencio.
Los pequeños entendieron el mensaje y esbozaron una triste sonrisa.
Tras mucho avanzar por el bosque, los caseríos de los clanes que habitaban en las proximidades de la aldea comenzaron a aparecer. “Estamos cerca de nuestro hogar”, suspiró Sauce y poco antes del anochecer llegaron a El Claro, donde vivía la mayor cantidad de familias de la aldea Rocalga, una zona descubierta de árboles que albergaba un veintenar de pequeñas casas construidas con madera, bases de piedras y recubiertas con hierba. En el centro de El Claro se hallaba El Fogón, una casona donde ancianas y ancianos preparaban el alimento diario. Junto a la casona se alzaba un tótem de madera de más tres metros de alto que representaba a Coirón Riobravo, el señor legendario que hace cien años unificó las seis aldeas que conformaban el pueblo de Costazul: Rocalga, Aguatrueno, Marbella, Tierrabaja, Torrente y Playamarilla. Como su nombre indicaba, Costazul era un pueblo costero ubicado al suroeste del continente de Tierraíz. Cinco de sus seis aldeas eran bañadas por el mar Tranquilo. Rocalga era una de ellas y cada mañana el cantar de las gaviotas y el aroma salino invitaban a su gente a disfrutar de un nuevo día.
Sauce agradeció a los espíritus de la naturaleza por haberles permitido retornar a salvo y ver nuevamente a su gente. Algunos aldeanos conversaban en pequeños grupos bajo las copas de los árboles que rodeaban El Claro, otros buscaban el calor de un buen fuego y reían a destajo, un grupo cantaba canciones de cuna a sus bebés y otros compartían una fruta y noticias mientras tejían en sus telares. Unos pequeños corrían tras las muchas luciérnagas que a esa hora del crepúsculo iluminaban los arbustos, intentando capturarlas en diminutos frascos de greda. Gritaban, reían y caían de bruces. Sus madres y padres conversaban y, de vez en cuando, les ordenaban que dejaran en paz a los insectos.
Los cazadores llevaron los guanacos y las jarras con sangre hasta El Fogón.
–Veo que les fue bien. –Se sorprendió una de las veteranas que cortaba afanosamente una papa con una cuchilla de piedra.
–La Tierra fue bondadosa –respondió Sauce con solemnidad–. Quiero pedirte un favor. Este guanaco lo cazó mi hijo y quería saber si puedes tejerle una manta con su lana. Se pondría muy contento.
La mujer palpó el pelaje del animal.
–Mmmh… es muy dócil y suave. Se podrá trabajar y teñir con facilidad.
Sauce le agradeció con una suave palmadita en el hombro y un beso en la mejilla. Adoraba a esa anciana y la trataba como la abuela que nunca conoció. Ella le correspondía el afecto tratándolo como el hijo que perdió.
Sauce Briznasol era una de las personas más queridas y respetadas de la aldea, sobre todo por el cruento combate que años atrás libró contra Emilio Martesta, el Rey Conquistador proveniente del lejano continente de Altamiria. Allí, en la misma aldea, sobre el pequeño monte que desde entonces llaman Colina de La Victoria, Sauce acabó con la vida de aquel enemigo y con la guerra que trajo consigo hace veintidós años.
La luna creciente estaba en lo alto del cielo cuando la gente de Rocalga comía y bebía alrededor de una gran hoguera. Las ancianas habían cocinado un jugoso guiso de carne de guanaco condimentado con hierbas silvestres y una pizca de picor. Sauce untaba el caldo de su guiso con un trozo de pan; a su lado, sentados sobre unas piedras, cenaban su hijo Junco y Palma. Con mucha atención escuchó la conversación de los pequeños.
–No sabía que fueras tan hábil con las boleadoras –dijo Palma mientras arrojaba ramas a la hoguera.
–Ni yo que fueras capaz de derribar a un guanaco solo con tus manos. –Abrió los ojos con sorpresa–. ¡Nunca imaginé que eso fuera posible!
–Lo es. Me entreno día tras día para llegar a ser un gran guerrero. ¡Quiero ser igual que Coirón Riobravo! –Infló su pecho–. Él ha sido el mejor guerrero que ha pisado estos bosques. Si quiero ser como él, debo entrenar como él.
–¿Entrenar?
–Sí. Ya hablé con mi madre y me dio permiso para ir a Aguatrueno y comenzar mi instrucción.
–¿Irás a la aldea–fuerte? –Se sorprendió Junco–. Dicen que su líder es terrible.
–Ven conmigo. Por lo que vi hoy, ambos podríamos ser grandes guerreros.
–No quiero serlo –respondió el pequeño mientras dibujaba en la tierra con una delgada rama.
–¿Y no te gustaría proteger a tu pueblo?
Junco Briznasol guardó silencio. Nunca había pensado qué hacer con su vida, mas sabía que ser un guerrero de élite no estaba dentro de sus planes. Era muy bajo, delgado y siempre le habían vencido en los juegos de fuerza. Quizás, su único gran logro hasta ese día era haber cazado un guanaco.
–Conseguir comida es difícil y no todos lo hacen –dijo finalmente–. Hace años que no hay una guerra, pero todos los días tenemos que comer. ¡Protegeré los estómagos de Rocalga! –Esbozó una amplia sonrisa, satisfecho por haber encontrado una meta.