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Junco y Palma estaban sentados sobre la húmeda hierba en lo alto de la cascada que alimentaba el lago Esmeralda. Los pequeños estaban perdidos en el vuelo de las aves que surcaban el cielo grisáceo y en el murmullo de la caída de agua. Junto a ellos estaba Lomogrís, que movía su cola de un lado a otro.
–¿Te imaginabas que algún día estarías frente al rey Tulio Hojaltiva?
Junco dirigió su mirada hacia el norte.
–¿Cuántos días serán de viaje? No quiero cabalgar tanto, preferiría caminar.
–Quizás una o dos lunas, dependiendo del estado de los caminos. No más que eso. Aunque ahora los senderos están cerrados por las lluvias y tendrán que dar más vueltas para encontrar algún paso.
A Junco no le hizo gracia esa noticia.
–No me quiero ir de Aguatrueno. Por fin me estaba sintiendo bien. No me quiero alejar de ustedes.
–“Sirve a tu pueblo”, es lo que te decía tu papá. Si con tus palabras logras convencer al rey Tulio, nos darán apoyo y tendremos más posibilidades de enfrentar a los espectros, si es que vuelven a aparecer.
–Siempre serviré a mi gente, solo que no me gusta la idea de abandonarlos. –Acarició el hocico de Lomogrís–. Los extrañaré.
–Tranquilo, Roble irá contigo. Al menos no estarás solo. –Se echó a la boca un trozo de tortilla que compartió con Junco y este, a su vez, con su fiel zorro.
Los chicos se abrigaron con sus mantas y observaron en silencio el movimiento de los soldados terramargos que abajo, en la aldea, preparaban a sus animales colocándoles las riendas y ajustando las correas de las monturas. Sobre el lomo de una mula colocaban equipaje, los libros y cuadernos de Asterio y otros tantos bultos. Junco notó que Roble prefería viajar ligero y solo llevaba un morral.
Sintieron unos leves pasos a sus espaldas.
–¿Ya estás preparado? –La voz de Litre tenía un cierto dejo de tristeza.
–No… no lo estoy –respondió el pequeño.
Bajaron sin prisa por la pendiente rocosa hasta llegar a la ribera del lago. Allí los esperaban Pumagrís y Roble, que tiraba de las riendas de un caballo de pelaje castaño y crin azabache.
–Imagino que no sabes cabalgar, muchacho –asumió Roble–, así que viajarás conmigo todo el trayecto. No creo que sea un problema para el animal. Eres delgado como un junco –sonrió– y me contaron que su antiguo jinete era bastante gordo, por lo que podrá con nosotros. –Le dio palmaditas en el lomo al gentil corcel.
–¿Quién era su jinete?
–Un pobre hombre que partió a la tierra de los ancestros, dicen que por el frío –respondió Pumagrís–. Deben tener cuidado en su viaje. Marchen siempre por los senderos e intenten no adentrarse en los bosques, pues ya no son seguros. Vayan abrigados y siempre busquen refugios para guarecerse de la lluvia. No quiero que sufran ningún percance. Partirán hoy al atardecer.
Junco marchó con Palma y Litre a la morada de Amancay para ir a buscar su equipaje. No era mucho, sus boleadoras, una lanza corta y la manta que le regaló su padre. Con eso le bastaría para el largo viaje que debía enfrentar.
–Junco, la punta siempre hacia adelante –le recordó Amancay al entregarle su lanza. También le dio una manta gruesa para soportar mejor las últimas heladas del invierno–. Según mis cálculos, estarán de vuelta en primavera, pero siempre es bueno ir un poco más abrigado. Con lo extraño que está el clima, uno nunca sabe.
–Gracias, Amancay.
–Agradécemelo trayendo un ejército de terramargos, pequeño. Lo que harás es loable. Convence a ese rey y conseguirás lo que siempre quisieron tus padres: que sirvas bien a tu pueblo. Ahora ve, ve a Tierra Amarga y cuenta lo que viviste, cuenta lo que has tenido que soportar a tan corta edad.
El pequeño asintió con una sonrisa triste y guardó su nueva manta y sus boleadoras en su morral.
–Entrena todos los días o se te olvidará lo que te enseñamos Chilca y yo –le gritó Amancay desde el umbral de la puerta.
–¡Lo haré! –Agitó su mano en señal de despedida.
La tristeza lo embargó. Amancay lo había tratado muy bien esos últimos días. La echaría de menos, extrañaría sus palabras antes de dormir, sus historias al amanecer, su deliciosa comida, y hasta sus retos y castigos en los entrenamientos.
No quería irse de Aguatrueno.
–¡Eh, Junco! ¿Te vas sin despedirte? –chilló una voz.
Los mellizos Ñirre y Lenga Finarraíz venían corriendo y se detuvieron frente al pequeño cazador.
–Los estaba buscando –se defendió Junco.
–No sabes mentir –rezongó Ñirre.
–¿Por qué te vas? ¿No podemos acompañarte? –preguntó Lenga.
–Claro que no podemos. Él va a una misión, no a jugar. –Ñirre le dio un empujón con el codo a su hermano, luego se dirigió a Junco–. Al menos podrías haber tenido la decencia de despedirte de nosotros.
–No es para tanto, chiquillos –se entrometió Litre–. Estará aquí en un par de lunas.
–¿Y si tiene un accidente y muere?
–¡No llames al mal, Ñirre! Ya tenemos suficiente con un pájaro de mal agüero dando vueltas por la aldea.
–Aun así, no le costaba nada darnos un apretón de manos.
–Perdón. Es solo que me cuesta hacerlo. No quiero ir, y si me despido de ustedes es como si no fuera a volver.
Caminaron en silencio hacia la salida norte de la aldea, donde los soldados terramargos, con Asterio Siemprebravo a la cabeza, ya estaban sobre sus monturas, listos para partir. Los animales piafaban y daban coces al suelo, ansiosos por regresar a su hogar. Junto a ellos había guerreros, líderes, sabios y aldeanos que conversaban con Roble sobre la mejor estrategia para pedir la ayuda de Tulio Hojaltiva. Para pesar de Junco, entre el gentío no estaba su amiga Lirio.
–Tranquilo, Huiña –rugió Cormorán a sus espaldas.
Como siempre, Junco no fue capaz de percibir su presencia. Y no solo él, sus amigos también se asustaron al verlo aparecer de la nada.
–Esa chiquilla aparecerá –adivinó sus pensamientos–. Los esteparios siempre vigilan, siempre esperan, siempre saben ¿No es eso lo que ustedes dicen de nosotros? –Soltó un bufido similar a una risa–. Espero que este viaje te nutra y que cuando regreses seas más que una huiña, como mínimo un tiuque y, al igual que yo, seas capaz de ver a la distancia todo lo que te rodea… sobre todo si es un enemigo. –Entornó los ojos con suspicacia al ver a los soldados terramargos–. Marcha ahora, Huiña, que todos esperan por ti.
Sintiendo una honda pena, Junco caminó hacia Roble, que ya estaba montado y listo para el viaje. El guerrero lo tomó por debajo de los brazos y lo alzó sin esfuerzo para dejarlo sentado en la cruz del animal.
–¿Preparado? –le preguntó.
–No.
–Atención, tropa ¡marchad! –ordenó Asterio.
Cuando Roble agitó las riendas y espoleó al caballo, Junco sintió un vacío en el estómago.
No quería dejar Aguatrueno.
Giró la cabeza para ver una vez más a sus amigos que se despedían agitando las manos: Ñirre, Lenga, Litre y Palma. Junto a ellos, quieto y alto como un tótem, estaba Cormorán y, a su lado, el chamán Pumagrís, Amancay y Chilca. De pronto, un tordo se cruzó frente a él y le hizo desviar la vista hacia lo alto de la cascada. Allí vio a su amiga Lirio Hierbarcoíris, de pie, con el viento agitando sus cabellos negros. Distinguió en su rostro una sonrisa y una lágrima. La pequeña alzó su mano en señal de despedida. Junco le devolvió el gesto y pensó: “Ahora puedo marchar”.