Capítulo 23. Canto de Pumagrís

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–¡Felicidades por vuestra victoria, conde Santiago! –El rey Tulio Hojaltiva lo alabó desde la galería.

–Gracias, su majestad –respondió él desde la recta aún montado sobre Buenamoza–. Aunque también debería felicitar a los que apostaron por mí. Ahora serán casi tan acaudalados como el conde Fuenteamplia aquí a mi lado –soltó su risa aguda. Al conde Calisto Fuenteamplia no le agradó el comentario, a diferencia del pueblo que alzó los vasos y cachos cargados de vino para celebrar la broma.

 

Cuando las carreras y las apuestas finalizaron, la reina Felicia de Mondragón se levantó de su asiento en la galería, en su mano izquierda cargaba una copa de madera y en la mano derecha un pequeño libro con tapa de cuero. Allí, de pie, vertió parte de su vino en la tierra e inició el rito que solo las reinas tenían derecho a dirigir en aquel día.

–Gente de Tierra Amarga –habló con vehemencia ante la multitud que se había congregado en la capital–, hoy nos hemos reunido para adorar a nuestra Señora del Sagrado Halo, Dadora de Vida, Aliento de Eternidad. El Códice Sagrado escrito por santa Nuncia la Primera nos cuenta parte de la historia de este mundo y de cómo la Señora nos permitió vivir en él. Sobre esto, santa Nuncia escribió: Hace incontables años la Señora yacía en el éter, a veces dormida, a veces soñando, a veces pensando, y en tales cogitaciones añoraba que hubiese algo más allá que solo ella. En su insondable mente soñó mundos y les dio forma, soñó poderosas tormentas y ríos que dibujaban sinuosos caminos, soñó fieras y alimañas, soñó lagos y montañas, hasta que un día decidió que debía abrir sus ojos, y tan poderoso fue aquel acto que la existencia que clamaba y que soñaba fue creada, extendiéndose hasta donde le llegaba la mirada. Tal visión le pareció sublime y la contempló por eones, y un día decidió que era momento de recorrerla. En su camino, escribió santa Nuncia, la Señora halló muchos de los luminosos mundos con los que fantaseó, y lloró al verlos materializados. Deambuló por más de cien mil años antes de tropezar con nuestro mundo, y era tal como lo había imaginado, una pequeña esfera pletórica de bosques, montañas, y desiertos de hielo y de arena, pero algo no era como lo había vislumbrado en su mente: estaba sumido en la total oscuridad, faltábamos nosotros y sobraban unas criaturas malevólas que erraban de allí para acá en la penumbra. Sumida en la preocupación, la Señora nos buscó en las nubes y no nos encontró, buscó en los océanos y no nos halló, removió los valles y no vio rastro de nosotros. Solo estaban aquellas entidades sin forma, oscuras y cargadas de odio, cuya única motivación era la destrucción de la existencia. El Códice santa Nuncia dice que la Señora, tras buscar por cien años, finalmente encontró a una mujer desnuda y temerosa agazapada en el interior de una cueva, y la reconoció: ella era la criatura que faltaba en este mundo que había soñado.

Los habitantes de Tierra Amarga hicieron la señal de la Señora, besándose ambas manos empuñadas, llevándolas a sus pechos y, finalmente, alzándolas abiertas al cielo. La reina Felicia bebió de su vino y prosiguió:

–Viéndola desvalida y asustada, la Señora le acarició los cabellos y la tranquilizó con lo que hoy llamamos el Aria para Ella –dijo y entonó una dulce melodía que fue acompañada por toda la gente del reino–. La mujer –continuó la reina al finalizar el nostálgico cántico– le contó a la Señora que había más personas como ella, pero que se ocultaban de la vista de las entidades que deambulaban amenazadoras por el mundo. La Señora le tendió su mano, la alzó con suavidad y le dijo: “Tras mucho buscar, eres la primera de tu estirpe que he hallado, bella como te soñé, mas no feliz como imaginé. Los demonios que aquí pululan no pertenecen a este mundo y traen horror a tu espíritu, por lo que prometo, ¡oh mujer!, que de estos demonios me encargaré”.

»La Señora es poderosa, pero no destructora –continuó Felicia–, y no le bastó con solo desearlo para que aquellos demonios desapareciesen; sin embargo, es creadora, y en su deseo de librar a la humanidad de aquel yugo, invocó un fanal de llamas incandescentes para disipar la oscuridad que aquellos demonios engendraban y una maza plateada que reflejaba la luz de su farol para defenderse si la asaltaban. Largo fue su peregrinar hasta que a la última entidad logró erradicar. Con su misión finalizada, volvió con la mujer y le dijo: “No podré quedarme para compartir con ustedes como sí lo hice con las criaturas de otros mundos. Estos demonios tuvieron un origen y he de encontrarlo para que no sometan a nadie más en ningún lugar de la existencia. Te entrego el don de la escritura para que registres lo que te he contado y lo que he realizado. Busca a otros humanos y nárrales lo que aquí hice y diles que son libres. Te bautizo como Nuncia, la mensajera, la Primera mujer, la primera que vi y la primera que amé”. Dicho esto, la Señora le regaló al mundo su farol dorado y su maza plateada para que nunca más la luz le faltara.

La reina Felicia bajó la mirada y rezó en silencio.

Si antes Nueva Esperanza fuera una algarabía de voces ebrias, ahora estaba invadida por un silencio penitente. Y en aquella paz cargada de devoción, la efigie de la Señora del Sagrado Halo fue sacada del rústico templo de la capital y exhibida a la plebe. La hermosa y maravillosamente esculpida estatua de una mujer sin edad, de piel lisa y blanca, vestida con faldones de oro, plata y lapislázuli, y un halo de diamantes sobre su cabeza, era llevada en andas por jóvenes frailes. Todo el trayecto recibió flores blancas, rosas, azules y naranjas, que caían suavemente sobre los cabellos finamente tallados en madera. Tras un corto peregrinar fue depositada sobre un altar cubierto con un mantel lila y sirios del mismo color, donde aguardaba el anciano arzobispo Miguel de Simahonda. Llevaba un libro dorado que apoyó sobre el sagrario y tomó la posta del sacro ritual.

El maestre de campo Bastián Bocablanca, pese a que guardaba un respetuoso silencio, daba escaso valor a tales ritos. Para él, la Señora, los demonios, la Primera, los santos o lo que fuera que estuviese por encima de los humanos, no se manifestaba a través de los cánticos ceremoniales, ni en los rezos, ni en las dolorosas plegarias. Había estado en demasiados campos de batalla como para seguir creyendo que aquellas entidades respondían a los ruegos de los penitentes. Él ya no seguía las creencias que su padre le inculcó. Su única creencia era que quien tuviera la mejor espada y supiese maniobrarla, sobreviviría, profesara la fe que profesara. Ante un acero afilado y un buen espadachín, no sirven las súplicas ni las convicciones, pues estas no son más que el último reducto de los que mueren con la esperanza de no hacerlo en vano. Claro que debía guardar las apariencias ante el pueblo y la corona. Si el arzobispo decía “arrodíllense”, debía hacerlo; si decía “contemplad al cielo”, alzaba la vista, aunque el sol le quemara los ojos; y si decía “rogad misericordia por vuestros pecados”, bajaba la cabeza y pensaba en qué podría cocinar para la cena. Era el maestre de campo y debía ser un ejemplo de fe, aunque tuviera que fingirla; mal que mal, si no lo hacía, podría ser considerado un hereje y llevado ante el Santo Tribunal.

Tras casi dos horas de rito, el arzobispo dio por finalizada la ceremonia y la imagen de la Señora se quedó junto al pueblo, protegiéndolos mientras ellos continuaban el festejo y las libaciones. La música festiva se escuchaba en cada rincón de la capital, los niños corrían para elevar sus volantines, los mercaderes ofrecían su mercancía a fuertes gritos y los ebrios danzaban felices. Era el día que todos esperaban para dejar de lado sus tareas y dedicarse por completo a la juerga.

En ese ambiente, Bastián mantenía su vigilancia.

–¿Has visto algo sospechoso? –Notó que su amigo Abdón hablaba con algo de torpeza. Cuando vio el vaso de vino en su mano y los labios morados, entendió el porqué.

–Cómo te envidio, amigo mío –dijo el maestre de campo–. Y a tu pregunta, no, no he visto nada sospechoso. Entre esta multitud he visto pocos mercenarios. Y los que he visto se comportan como cualquier parroquiano, como aquel junto al abrevadero.

Apuntó a un sujeto de cara hosca, cicatriz en la mejilla, capa y sombrero de ala ancha con una pluma roída. Regateaba con un tendero para que le rebajara el precio de una jarra de vino especiado. A su lado pasó un crío con un perro, el que chilló cuando fue pateado por aquel hombretón que siguió su camino a una mesa donde lo esperaban más como él, todos amenazadores, de ojos asesinos, bigotes prominentes y barbas ralas.

–Han estado bebiendo vino desde la mañana –comentó Bastián–. Solo durante el oficio de la reina y del arzobispo dejaron los vasos de lado y se hincaron, fieles a la Señora. Cualquiera diría que son más devotos que el mismísimo clero. –Escupió al suelo.

–¡Joputas! –eructó Abdón–. Me gustaría saber si en verdad vinieron a colgar la espada. Yo mismo les partiría esa jeta si no fuera porque el rey lo prohíbe. –Se ­­tambaleaba de lado a lado. Bastián lo estabilizó–. ¡Un poema! Eso haré. Un poema –arrastraba las palabras–. Les cantaré necedades a sus necios sesos, sesos tan insensatos que no sabrán que las necedades que declamo son para burlarme de su insensatez.

–Tranquilo, buen Abdón. Mira que esos caballeros pueden reaccionar mal si los atacas, aunque sea con tu pluma.

–¡Caballeros mis cojones! –gritó. Bastián agradeció el bullicio que tapaba las palabras del poeta y consejero real–. Un poemilla, un poemilla con cuatro versos hará que se les acalore el rostro y me busquen pelea. Así tendrás las pruebas para expulsarlos de Tierra Amarga.

–Hasta yo te dejaría en el suelo si me insultas con versos, Abdón, y eso no serviría ni para que me llevara la guardia.

–¿Necesita ayuda con su amigo, maestre? –preguntó una voz familiar–. Tengo un brebaje que podría dejar lúcido a nuestro consejero real en un segundo.

–Os lo agradecería, sabia Acacia.

–Estoy sobrio, muchas gracias por vuestra ¡hic! ayuda, sabia –dijo y se desplomó sobre los hombros del maestre.

Abdón se fue hablando incoherencias todo el trayecto hasta la casa de la chamana. Soltó unos “joputas” para los mercenarios, amenazas vanas a las palomas, uno que otro sacrilegio, alzó el puño contra una nube con forma de mujer a la que llamó “Matilde” y lanzó un sinfín de improperios cuando comenzaron a caer unas gotas de lluvia.

–Os espero aquí, sabia Acacia. –Bastián se quedó junto a Abdón en el umbral de la puerta–. No me gustaría que vuestro hogar fuera mancillado si Abdón devuelve algo de lo que tomó.

Al rato la anciana volvió con una infusión de hierbas. No tuvieron que forzar mucho al poeta para que la bebiera. A esas alturas podría haberse tomado con gusto el agua de los caballos.

Tras un par de minutos sentados en una banca de la plaza, la mente de Abdón se tornó más lúcida y se llevó las manos a la cabeza en señal de dolor.

–¿Se siente mejor, don Abdón?

–Ya estoy sobrio, sabia, pero mejor no estoy –se quejó–. ¿Es idea mía o hay un terrible bullicio en esta ciudad? ¡Encarcélalos a todos, Bastián! Hacen demasiado ruido. –Apuntó a las decenas de niños que corrían y jugaban a su alrededor.

–Eso se llama resaca –sonrió la anciana. Tengo un brebaje para curarla, si lo desea.

–Os lo ruego, deme esa cura, por favor, porque creo que me estoy volviendo loco, pues estoy escuchando el graznido de una gaviota aquí, lejos de la costa.

Hasta ese momento ni Bastián ni Acacia se habían percatado de aquel canto. Buscaron en el cielo y vieron a una gaviota que planeaba en círculos sobre Nueva Esperanza hasta que se posó sobre el techo de la casona real.

–Ha llegado un canto de Pumagrís –advirtió la anciana.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2