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La algarabía y la música se escuchaban desde kilómetros a la redonda. Cualquier viajero empedernido que hubiera transitado por las afueras de Nueva Esperanza habría cambiado su rumbo y se dirigiría a la capital del reino de Tierra Amarga, sobre todo porque en aquellas tierras agrestes no era habitual la alegría, menos la celebración. Cualquier viajero empedernido se habría sorprendido por la multitud que peregrinaba a la capital: carruajes llenos de comestibles, enormes grupos de ancianos sonrientes, mujeres alegres, niños intentando encumbrar sus volantines y hombres con deseos de ganar en las apuestas de caballos. Cualquier viajero empedernido se habría unido al jolgorio, pues en aquella jornada se celebraba el Día de Nuestra Señora del Sagrado Halo, la fiesta más importante de Tierra Amarga, y cualquier viajero empedernido sabe que tal ocasión es perfecta para recibir un plato caliente y un buen vaso de vino.
“¡Pago a Buenamoza!” “¡Tres monedas a Voladora!”, apostaban a gritos las miles de personas aglomeradas en la recta, prestas a ver la carrera de yeguas. Se amontonaban alrededor de los organizadores dejando caer bolsas de dinero que variaban en volumen según la posición social del apostador.
Caminando entre los pobladores iba Calisto Fuenteamplia, el conde de Corteza Quemada, que miraba con desdén aquel espectáculo y hacía lo posible por esquivar al bajo pueblo. Si alguien osaba rozar su refinada chaquetilla burdeo con cuello de lechugilla, fruncía el ceño sin ocultar la repulsión que le causaban aquellos hombres y mujeres con olor a vino. No se asombró cuando vio entre el gentío a Santiago de Monteáguila, el conde de Campo Yermo, quien, como era habitual en él, llevaba el rostro maquillado con polvos blancos, los labios delineados, su cabello dorado muy bien peinado y lucía una elegante chaqueta plateada. A su lado, un joven de bellas facciones y labios sutilmente pintados le ayudaba a sujetar la montura de su yegua Buenamoza.
–¿No estará yendo demasiado lejos con vuestra política de estar siempre con la gente, conde Santiago? –le interrogó Calisto con una voz llena de reproche.
–Siempre hay que estar con el pueblo, mi señor conde. De no hacerlo, nos arriesgamos a olvidar sus necesidades y ellos olvidarán que deben respetarnos –respondió con pomposidad el conde Santiago de Monteáguila mientras acariciaba el lomo de Buenamoza–. Es más, hoy aconsejé a la gente de mi condado que apostara por mí. Si termino primero, ellos obtendrán todas las ganancias y yo obtendré su cariño.
–¿Y si perdéis?
El conde Santiago soltó una aguda y chillona carcajada.
–¡Eso no pasará, conde Calisto! Pero, si llegase a ocurrir tamaña tragedia, al menos habré ofrecido un gracioso espectáculo, y por mi condado correrá el vino y comida gratis por muchos días como muestra de mis sinceras disculpas. –Se ordenó con su enguantada mano los dorados bucles de su cabello.
–Recordad vuestra posición, conde Santiago. Sois un representante de nuestra majestad, no un bufón que hace reír al vulgo.
–Si tenéis quejas, don Calisto, presentadlas formalmente a nuestro amado Tulio Hojaltiva. Su mismísima majestad me ha otorgado el permiso para participar de la carrera. –Santiago saludó al rey, quien le devolvió el gesto desde la galería construida especialmente para la celebración.
Sentados junto al rey estaba su esposa, la reina Felicia de Mondragón, el fiel ejecutor Evaristo Manofirme, el marqués Antoine Garraleón, y otros tantos aristócratas y comerciantes que ocupaban los exclusivos asientos destinados a la nobleza de Tierra Amarga.
–Aaah… Las festividades populares me recuerdan tanto a mi querido hogar. –Suspiró el marqués Antoine Garraleón, un hombre entrado en carnes que gustaba vestir con los mejores trajes del continente–. En mi natal Fontarragués celebrábamos domaduras. Para participar había que ser valiente, pues nuestras bestias nada tienen de mansas, y dan coces y mordidas a cualquiera que ose ponerles una montura.
–He visto aquellas fiestas, don marqués –respondió Sebastián Barrancones, un acaudalado mercader de Altamiria que había llegado hace apenas tres días a Tierraíz–. Puedo decir que bravos son vuestros señores jinetes, pues para domar a esos animales hay que tener la sangre fría.
–Tan fría como los sesos del conde Santiago de Monteáguila –se burló Evaristo Manofirme y apuntó a la recta de carreras–. Mírenlo allí, dispuesto a correr por unos cuantos aplausos de la gente de su condado. ¡Habrase visto espectáculo más patético!
–Disfrutad del espectáculo, don Evaristo –le aconsejó el rey con seriedad–. El conde Santiago sabe que lo único que nos diferencia del pueblo son nuestros cargos y títulos. Sin el pueblo, no tendríamos reino. Fue el pueblo el que levantó a pulso cada una de las murallas y techos que nos rodean, fue el pueblo el que construyó vuestra casa y fue el pueblo el que levantó esta galería en la que disfrutamos cómodamente de esta celebración –le recordó.
–Perdonad mi insolencia, su majestad, pasa que me cuesta disfrutar la humillación pública de uno de nuestros nobles.
–¿Humillación? Lo aman, Evaristo, mirad.
La ovación fue cerrada cuando apareció Santiago de Monteáguila montando a su yegua Buenamoza. Su entrada fue tan pomposa como él mismo al ser acompañada por la orquesta que amenizaba la festividad. Alzó su sombrero emplumado de ala ancha y saludó a su público con una flamante sonrisa. Innumerables vasos de vino se alzaron ante su presencia y los brindis al conde se gritaban por toda la recta. El maquillado noble maniobraba con elegancia a su yegua, que trotaba ante la gente al son de la fanfarria, saludando con su mano a cualquiera que se la tendiera, fueran mujeres, infantes o un borracho cualquiera. No discriminaba a nadie y la gente lo amaba por eso. Le aplaudían y arrojaban flores como si fuese la Señora del Sagrado Halo en persona.
–¡Buen día tengan, amado pueblo! –saludó con su pomposa voz al tiempo que tiraba de las riendas para que su yegua galopara sobre sus patas traseras y relinchara con majestuosidad. Amaba el espectáculo.
“¡Tres lienzos por el conde!” “¡Pago quince cuadros a que gana Buenamoza!”
–¿Quién será el rival del conde? –preguntó el rey.
–No creo que eso importe demasiado, querido. –La reina Felicia aplaudía con elegancia, encantada por el carisma del noble–. Santiago tiene a la gente a su favor. Comen de su mano. Él es el único jinete que interesa en esta carrera.
–¡A sus puestos! –llamó el juez.
El público estaba expectante. Buenamoza piafaba y agitaba su cabeza, deseosa de partir. La carrera era sencilla, cuando el juez diera el “vamos”, ambas yeguas debían correr a toda velocidad en línea recta. El primer jinete en llegar a la meta se llenaría de gloria.
–¡Esto es un absurdo, don Santiago! Vuestra merced es un conde y osa medirse con un donnadie del bajo pueblo, quizás un mero campesino. Nunca se ha visto un acto de tan poca hidalguía en nuestro reino –se quejaba Calisto Fuenteamplia junto al punto de partida.
–Si no me daréis ánimos, mejor cerrad la boca –lo increpó Santiago–. Lo que menos necesito ahora son vuestras lecciones de nobleza.
–Atento, mi señor conde –alertó el joven que lo acompañaba–, darán la partida.
El público estalló en una sola voz ante el grito del juez. Santiago de Monteáguila cabalgó cual pintura con sus dorados cabellos al viento, agitando las riendas y dándole con la fusta a su Buenamoza, que corría a todo lo que daban sus fibrosas patas. La yegua rival no fue capaz de dar alcance al conde que llegó con varios segundos de ventaja.
“¡Viva el conde Santiago!”, gritó un ebrio, feliz por haber ganado cincuenta cuadros. “¡Viva!”, lo siguieron otros cientos de apostadores.
El noble hizo girar a su yegua y trotó hasta la meta, donde lo esperaba su criado con un cacho de vino tinto de su propia viña. El conde Santiago lo alzó sobre su cabeza.
–¡Vino para todos! ¡Yo invito, carajo!
La capital estalló en vítores y gritos de felicidad.
–¿Crees que el conde Santiago de Monteáguila sea un problema para nuestro… negocio? –El acaudalado mercader Sebastián Barrancones se preocupó por la buena fama del noble.
–Es solo un hazmerreír –respondió el marqués Antoine Garraleón, aprovechando los gritos de alegría de la plebe para susurrar sus maquiavélicos planes–. Un petimetre pomposo que no tiene por qué preocuparnos. Si se nos une, tendremos al pueblo de nuestra parte. Si se rehúsa a estar de nuestro lado… bueno, los accidentes pasan.
Se puso de pie para aplaudirlo.