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La sabia Acacia Saviaviva ascendía con cuidado la escalera que llevaba al segundo piso de la Casona Hospitalaria de Nuestra Señora del Sagrado Halo, donde las hermanas de la Congregación de la Piadosa Curación atendían a los enfermos y a los más necesitados del reino de Tierra Amarga. La anciana necesitaba saber cómo se encontraba aquel extraño hombre que había llegado con la mitad de su cuerpo quemado. Una vez en su habitación, vio que aún no recobraba la conciencia. Revisó los vendajes y se alegró de no ver infecciones en las múltiples llagas. “Las hermanas lo están atendiendo bien”, agradeció para sus adentros.
Le puso una compresa fría en la frente para ayudar a bajar la fiebre.
“¿Quién eres, muchacho?”, se preguntaba. “¿De quién debo desconfiar?”, “¿quién nos traicionó?” Se sentó a los pies de la cama mientras tamborileaba con sus dedos, preocupada.
Unos pasos resonaron en la escalera. La anciana se puso de pie, alerta, y empuñó la daga que ahora siempre cargaba consigo tras la advertencia de aquel desconocido. El crujir de los escalones se escuchaba más y más fuerte. Un sombrero emplumado de ala ancha y una capa marrón aparecieron bajo el dintel de la puerta.
–Maestre de campo –lo saludó sin saber si sentirse o no aliviada ante su presencia.
–Perdón, sabia Acacia –se disculpó Bastián Bocablanca–. No sabía que estaba aquí o hubiese tocado la puerta. Pensé que acompañaba al rey en la casona real. ¿Cómo sigue el herido?
–Con toda seguridad puedo decir que no empeorará. –Guardó disimuladamente su daga.
–Pese a que nací en esta tierra y mi padre era de vuestro pueblo, él murió cuando yo aún era un crío y nunca aprendí bien vuestro idioma. Me hubiese gustado saber que os dijo esta pobre alma.
“Me alegro de que aún no domines nuestra lengua”.
El maestre de campo se acercó al enfermo. Dejó sus guantes de cuero sobre el pequeño velador de madera quemada emplazado junto a la cama y le tocó la frente. “Arde demasiado”, pensó.
–El rey ha ordenado la mejor de las atenciones para este hombre. Hablaré con las hermanas para que le dediquen el mayor de los cuidados. Si muere, tendríamos problemas con vuestra gente y mantener las buenas relaciones con vosotros es vital para Tierra Amarga. –La anciana asintió–. Llevamos más de veinte años sin conflictos y un malentendido como este podría quebrantar la paz.
“Si el Rey no desea la guerra y Bastián tampoco, ¿a qué traición te referías, muchacho?”, se preguntaba Acacia.
–¿Sabe si alguien más lo ha venido a ver? –Bastián observó sutilmente entre las cortinas para vigilar el entorno.
Vio a unos hombres descansando sobre carromatos y a otros tirando a sus caballos de las riendas. En la plaza del centro de la capital las damas reían y disfrutaban de su caminata vespertina mientras algunos niños jugaban junto a sus padres.
–Nadie más que las hermanas, el rey, usted y yo hemos entrado en esta habitación –respondió.
–Que continúe así.
La anciana asintió en silencio y en silencio quedó la habitación cuando Bastián se marchó junto con el resonar de sus botas.
En su camino en busca de un vaso de vino para distraerse de sus propios pensamientos, el maestre de campo esquivó carretas cargadas de mercadería con destino a los distintos pueblos de Tierra Amarga. Al pasar por el mercado los gritos de los vendedores llegaban con fuerza a sus oídos: “Naranjas, exquisitas naranjas”, “lleve uvas, uvas de Histolia”, “limpiecitas las granadas… Recién traídas de Dontos”. Compró una naranja cuyo jugo le resbaló por la barbilla. Se limpió con el antebrazo y siguió su camino hacia la chingana, una suerte de taberna donde terramargos y viajeros podían comer un guisado caliente, beber vino a destajo y bailar hasta desplomarse. Aquella tasca no era más que unos puntales verticales cubiertos con tablas y ramas secas, pero contaba con mesas a disposición para cualquiera que quisiera pasar un buen rato.
Al llegar, vio junto a la barra a una joven de apelmazados cabellos cenizas tocando una vihuela, su música le daba un toque alegre al maloliente tugurio. La rodeaba un grupo de marineros de Histolia, quienes alzaban sus jarras cuando la mujer entonaba canciones de aquel lejano puerto altamirio. Disfrutaban también de la buena música algunos espadachines y arcabuceros provenientes de Estrechos, aventureros dispuestos a dar la lucha por quien les diera unas pocas monedas. Bastián los miró con desconfianza. Tras la fallida conquista de Emilio, se firmó el Tratado de Paz y Buena Voluntad entre Tierraíz y Altamiria, el que estipulaba claramente que no se permitiría el ingreso de mercenarios a Tierraíz. Le pareció que la presencia de aquellos sujetos era, por lo menos, sospechosa.
–¡Eh, Bastián! –le gritaron desde una mesa. Su amigo Abdón agitaba un pañuelo para atraer su atención.
El maestre supo sortear los pies de los ebrios contertulios que repletaban la chingana para llegar a la mesa de su compañero. En el camino estuvo a punto de chocar con la tendera y hacerle botar las jarras de vino tinto que cargaba. La mujer lo miró con indignación y se alejó con insultos entre dientes.
–¿Despertó el pobre muchacho? –le preguntó Abdón al tiempo que bebía de su último vaso y corría unas hojas garabateadas con poemas inconclusos que tenía sobre la mesa.
–No. La sabia Acacia se quedó con él.
–¿Qué os vais a servir? –los interrumpió la camarera.
Su voz era tan brusca como sus modales. Bastián la observó airado y le pidió una jarra de vino caliente aliñado con cáscaras de naranja y clavo de olor.
–Eh, bonita, pues que a mí se me ha acabado el tinto y un poeta necesita paliar la sed de la inspiración y el hambre del intelecto, así que traedme una limonada de vino y un salpicón con unos toquecillos de ajo y pimienta –le dijo Abdón con la coquetería que lo caracterizaba. La tendera marchó por el pedido sin siquiera mover los labios–. Dura de roer la moza, ¿eh?
–Y que lo digas –gruñó el maestre–. ¿Has notado a esos espadachines y arcabuceros? –Cambió el tema y apuntó al grupo de sujetos de mala calaña–. Son mercenarios de Estrechos. Se les nota a leguas. Su presencia aquí está prohibida por ley y eso es sabido en todos los continentes. ¿Habrán tenido ellos algo que ver con nuestro misterioso herido o con lo sucedido en Montepardo?
Al poeta no se le había cruzado esa idea por la cabeza.
–¿Y si nos paramos y les preguntamos? ¿Por los viejos tiempos? –Abdón se levantó la camisa y le mostró el puñal que siempre cargaba en su cinto.
–Ahora tengo un cargo que debo respetar y tú también. No podemos desenvainar acero con tanta facilidad como antes. Lo mejor será consultar al rey. Si él lo ordena, apresaré a esos joputas.
–Bueno, ya habrá chance de bailar con esos pelafustanes. Ahora disfrutad, que hasta te dedicarán una canción para que alegres la jeta –le aconsejó Abdón y apuntó hacia la barra.
La mujer de apelmazados cabellos cenizas alzó un vaso con vino tinto y brindó a la salud del maestre, siempre mirándolo a los ojos. Puso la vihuela sobre sus piernas y rasgueó a un compás de seis octavos.
No me venga a mí, señor,
con ese talante frío,
mire que soy de chingana,
una patrona de brío
Aquí se las da de macho,
Serio, callado y bebedor
¿por qué no viene conmigo?
No me reniegue el amor
Del amor yo le enseño,
mire que tengo pista
algo de espadachín,
y también de corista
A ver si se anima
con mujer de verdá
No como esas de la corte
que están empotrá’s
Lo imagino conmigo
Aquí mismo bailando
En chingana o cama
Lo estaré esperando
Tras los aplausos, la mujer envió una jarra con vino caliente de cortesía a Bastián. Él le agradeció con un gesto de su cabeza y le devolvió el brindis, sin dejar de mirar de reojo a los sospechosos mercenarios. En ese momento no le apetecía el baile ni la música. Era un soldado, le correspondía cuidar el reino.
–Así que mercenarios de Estrechos merodean por la capital. Eso está mal, muy mal, Bastián –decía con preocupación el rey horas más tarde, bien entrada la noche.
Tulio Hojaltiva se dejó caer sobre el borde de la fuente de agua que adornaba el pequeño jardín interior de la Casona Real.
–¿Estáis seguro de lo que visteis? –le preguntó por enésima vez.
–Tan seguro como que me apellido Bocablanca, su majestad. He visitado muchas veces Estrechos como para no saber reconocer a esos mercenarios. –Se acarició el bigote.
–¿Y qué harán aquí esos asesinos a sueldo? –se preguntaba Abdón– Todos sabemos que ellos viven de agitar la espada al mejor postor y aquí no hay guerras ni batallas. ¡Ni siquiera hay rencillas locales!
–Como sea, ellos no pueden estar aquí. Mañana al amanecer serán enviados al puerto de Lobera y puestos en el primer barco que zarpe a Altamiria –sentenció Bastián.
–No hablemos con tanto ahínco, maestre. Tierra Amarga es un reino al que muchos llegan para dejar atrás su vida anterior –reflexionó el rey–. Quizás estos mercenarios, cansados de tanto batirse en duelos ajenos y arriesgar el pellejo por aristócratas que poco y nada saben de lances, han venido a colgar la espada y sentar cabeza, quizás dedicarse a la minería en los lavaderos de oro o a comerciar bienes y especias, quizás a cultivar la tierra.
–Disculpe mi insolencia al mostrarme escéptico ante tal posibilidad, su majestad. La mera presencia de estos mercenarios es peligrosa. ¿Debemos esperar acaso que cometan alguna tropelía para actuar contra ellos?
El rey meditó en silencio las palabras de su maestre de campo. Agitó el agua de la fuente con sus dedos. Estaba fría. Observa ensimismado las sutiles ondas que viajaban hasta golpear los bordes.
–¿Su majestad?
–Montepardo incendiado, un nativo de Tierraíz agonizante en nuestro reino y mercenarios de Estrechos rondando tranquilamente por nuestras calles –enumeró con hastío–. Hasta un mocoso sabría que hay algo sospechoso detrás de todo esto. Tenéis razón, maestre. Vigilad a esos sujetos. Disponed de vuestros hombres para ello. Quiero que me reporten diariamente las andanzas de esos mercenarios. Si se emborrachan, hacédmelo saber; si arman pleitos, hacédmelo saber; si se cambian los calzones ¡joder! hacédmelo saber –ordenó con seriedad–. En pocas semanas será la Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Halo y lo que menos deseo es que ocurra algún incidente con tanta gente y los nobles reunidos en la capital.