4
El día se despedía con un cielo arrebolado. Poco faltaba para que cayera la noche cuando Totora, Espino y Sauce dejaban el hogar de Amancay para acompañar al pájaro de mal agüero a la tienda que le habían preparado.
–Cormorán, en unos días celebraremos la llegada de un nuevo año y el inicio del invierno. En agradecimiento por tus mensajes me gustaría que pases con nosotros esta fiesta. Estoy seguro de que tanto Espino como Totora estarán de acuerdo con esta invitación. Puedes tomarlo como un breve descanso antes de tu regreso al sur.
Cormorán Surcalagos asintió con un suave rugido y se acomodó en su precaria tienda sin decir más palabras.
Tras dejar al pájaro de mal agüero, Sauce se despidió de sus acompañantes y se dirigió a El Fogón, donde una de las ancianas se movía de un lado a otro cargando una olla con reinetas y otra con cebolla y papas.
–Tengo tu encargo, Sauce. Le quedará muy bien a tu pequeño –le dijo la mujer apenas lo vio llegar y le entregó una hermosa manta teñida con tonos marrones y verdes–. ¿Se la darás ahora?
–Así es. Muchas gracias por tejerla –respondió Sauce al tiempo que olfateaba el caldo–. Mmh… Espero con ganas la cena. –Sonrió.
Buscó a su hijo entre los aldeanos que a esa hora se guarecían del frío junto a las fogatas, pero no halló rastro de él. Fijó la vista en la tienda de Litre, un simple toldo de cuero afirmado por unos delgados puntales de colihue; el muchacho abrigaba las manos en un pequeño fuego.
–¿Litre, has visto a mi hijo?
–Sí, señor. No quería estar cerca del pájaro de mal agüero y se marchó al Nido de Garzas. Ya sabe, con eso de entender a la naturaleza lo único que hace es andar por el bosque o la playa. ¿Quiere que vaya con usted a buscarlo?
–Si no es molestia…
–Nunca lo será, señor. ¡Todo lo contrario! –Se levantó de un salto–. Siempre es un honor acompañar a un guerrero legendario como usted.
Caminaron hacia el humedal en busca del pequeño Junco. Poco a poco las conversaciones de los aldeanos y las risas de los críos se fueron apagando. Los sinuosos y fangosos senderos aparecían ahora ante ellos. La humedad y el frío se hacían más intensos a medida que se acercaban a la desembocadura del río Tronador. Desde el mar ingresaba una niebla espesa y rasante que cubría el bosque y humedecía sus mantas. Uuuuuh aullaba el viento norte, presagiando la llegada de las lluvias de invierno, movía las ramas y hojas con fuerza. Negros nubarrones avanzaban con ahínco opacando las estrellas que recién comenzaban a aparecer en el cielo crepuscular.
–Ahí está. –Litre apuntó al centro del humedal.
Junco flotaba de espaldas sobre las tranquilas aguas. Lo rodeaban las gaviotas, huairavos, uno que otro pilpilén e incontables garzas rezagadas que aún no marchaban a tierras más cálidas. Las aves nadaban tranquilas junto a él, pues no sentían peligro alguno al lado del pequeño. De vez en cuando un pidén se le subía al pecho y desde allí intentaba capturar algún insecto incauto.
–Este niño salió a su madre. –Sauce sonrió.
“Que sirva a su pueblo”, fueron las últimas palabras de Salvia, su querida esposa, recordó el guerrero y suspiró apenado.
–¿La extraña mucho, señor… a su mujer?
–¿Cuántos años tienes, muchacho?
–Veinte, señor.
–A tu edad yo ya había acabado con una invasión –rememoró sin dejar de mirar a Junco–. Derroté a Emilio Martesta el Rey Conquistador, y antes asesiné a muchos de sus señores, entre ellos su primo Sibelyn Martesta, también a algunos de sus capitanes, como Remigio Malatesta, Andreu Ojosrojos y Clau Garrafuego. Aún recuerdo a Demetrio Alafuria, uno de sus maestres. Peleaba bien con la espada ropera. Durante los años que duró la invasión tuvo muchas oportunidades de matarme. Cuando lo vencí, respeté su cadáver y lo devolví a sus hombres para que lo sepultaran según las costumbres de su continente. Demetrio Alafuria fue un rival honorable y merecía un trato digno.
–Entiendo que después de la guerra usted se ganó muchos nombres: Sauce Mano de Trueno, Sauce Vencedor del Alba Sangrienta –enumeró Litre, demostrando su conocimiento de los antiguos guerreros.
–Así es. Me dieron muchos, pero a mí solo me interesaba un nombre: Salvia Lomazul. Era hermosa, no te imaginas cuánto. En ese entonces yo era un crío de trece años que le gustaba pelear y lo hacía bien. Fue por ella que fui a la guerra contra Emilio, por ella pedía estar en las emboscadas, saltear los caminos por donde transitaban las tropas del Rey Conquistador. Ella era la luz en mis pesadillas de sangre y muerte. Deseaba demostrarle a su padre y a su madre que yo era un hombre digno para su hija. Y qué mejor que defendiendo a nuestro pueblo de las Huestes del Corazón de Hierro.
El frío aumentaba.
Tenían los pies helados y el suelo húmedo y fangoso no ayudaba. Los mosquitos, amantes de los atardeceres, volaban y zumbaban a su alrededor. A lo lejos se escuchaba el canto de un grillo y, aún más lejos, el croar de una rana confiada.
–Tras la victoria, estuvimos semanas recorriendo los pueblos y aldeas, ayudando a los heridos y dando esperanza a los abatidos –continuó Sauce–. Nos recibían con honores y vítores. La paz había vuelto al fin. El último pueblo al que llegamos fue al de ella. Allí, junto a las aguas turquesas que bañaban su caserío, me estaba esperando. No sabes cuánto me alegré al verla con vida. Sus ojos eran tan negros que podías hundirte en ellos y vivir feliz por siempre. Al cabo de unos años nos casamos y fuimos felices por mucho tiempo. –Dejó de hablar. El zumbido de los insectos que pululaban en la desembocadura se escuchó con más fuerza. Cerró sus ojos. Suspiró–. Fui muy feliz con ella y sí, la extraño demasiado.
Sauce guardó para sí los recuerdos más dolorosos. Por más que intentaban tener hijos, todos nacían muertos. La tristeza embargó el corazón de Salvia, su alegría había desaparecido, así como también el brillo de sus ojos azabaches. Las noches no eran más que largos silencios acompañados por sutiles e infructíferas caricias. La amargura inundó aún más el hogar de ambos cuando Sauce tuvo que marchar a luchar contra los insurgentes de Pampadorada. Si perdía la vida en aquella batalla allende la cordillera, Salvia moriría con él. Tras su triunfal regreso, y luego de años, nació Junco, un niño delgado e inquieto. Se sentían bendecidos por la Tierra. “Que sirva bien a su pueblo”, fueron las últimas y dolorosas palabras de Salvia antes de ser vencida por la fiebre. “Que sirva bien a su pueblo”, le rogó con el pequeño Junco en sus brazos.
Sauce y Litre seguían en silencio, de pie en la ribera del humedal.
Cuando Junco los vio, nadó hacia ellos. Las aves no se asustaron con el movimiento. El pequeño era uno más entre ellas.
–Te tengo un regalo –le dijo Sauce cuando se encontraron en la orilla, y le entregó su nueva manta–. Una manta verde y marrón para que sigas siendo uno con la naturaleza y puedas servir bien a tu pueblo.