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Sauce no iba feliz a conversar con Amancay Hojaviva. Le molestaba que se ufanara de ser la hermana del líder de la aldea y sentirse con el derecho de dar órdenes como si el mundo estuviera a sus pies. Al llegar a su hogar, no se sorprendió al encontrarla sentada en el sitial de su hermano, un tronco tallado y cubierto con mantas de lana de alpaca. Sobre sus hombros caían lizos cabellos negros que enmarcaban un rostro de rasgos angulados adornados con intensos ojos brunos. Llevaba un vestido oscuro, una manta gris colgaba de su cuello y en su cintura calzaba un fajín de lana de tonos ocres.
–Amancay –saludó Sauce.
La mujer esbozó una dulce sonrisa y lo invitó a sentarse junto a ella. Sauce se negó, manteniéndose de pie en su lugar, apenas un paso después del umbral de la puerta, con ambos brazos tras su espalda. La mujer volvió a sonreír, ahora con cinismo.
–¿Qué desea la hermana del líder?
–Tan formal como siempre, Sauce. –Su voz era seria, casi un susurro. Se levantó del sitial, se acercó a la hoguera ubicada en el centro de la pequeña casa, tomó una vasija de greda y se sirvió una infusión de hierbas aromáticas. Sauce negó con la cabeza cuando le ofreció–. Como sabrás, acompañé a mi hermano a un viaje a Marbella. Allí llegaron unas loicas provenientes de los clanes de Rocalga que le llevaban un canto preocupante. –Volvió a posarse en el sitial.
–¿Qué decía el canto? –preguntó estoico.
–Tu forma de hablar es tan dura, Sauce. –Cambió el tema–. Esa es la dureza que hace falta en Rocalga. Tú deberías ser nuestro líder, no el blando de mi hermano. –Sauce no respondió, ya sabía hacia dónde iba la conversación. No era la primera vez que la tenían–. No se puede respetar a un hombre sin carácter como Ulte. Para estar a la cabeza de una aldea se requiere de lanzas y brazos fuertes.
–Son tiempos de paz, no se necesita de guerreros. Te recuerdo que Ulte se ganó su puesto al salvar a esta aldea hace cinco inviernos. Ni mil lanzas habrían remediado la sequía y la escasez de alimento.
–Cualquiera que hubiese sabido qué sembrar, dónde plantar y cuándo cosechar, habría salvado la aldea –respondió ella con desdén.
–No sabía que fueses experta en cultivos. ¿Por qué no fuiste tú, entonces, quien nos salvó del hambre? Ahora serías nuestra lideresa y no tu hermano. –Los ojos de Amancay no reflejaron la ira que sintió en ese momento.
–Tiempos de paz –dijo finalmente Amancay–. ¿Quién te ha dicho que son tiempos de paz? Nuestros líderes revolotean por todo Tierraíz buscando una explicación a la luna roja y a las siniestras visiones de los chamanes, ¿y crees que hay paz? Vivimos tiempos de incertidumbre y la incertidumbre lleva a tiempos turbulentos. Te aseguro, Sauce, que en algún lugar de este mundo alguien está forjando una guerra. Es ahora cuando más necesitamos de tu fuerza –dijo con seriedad.
–Llevamos años de tranquilidad. Ningún ejército nos ha atacado, los pueblos son libres. Los tiempos de los guerreros han terminado.
–¿Sí? –preguntó con sorna–. ¿Cómo explicas, entonces, el canto de las loicas?
“¡Las loicas!” Sauce ya las había olvidado. Miró en silencio a Amancay esperando sus siguientes palabras
–Los años de paz se han acabado y el tiempo de los guerreros está por volver.
–¿A qué te refieres?
–Las loicas dirigidas a mi hermano traían un canto de terror. Y ni siquiera por esa razón él fue capaz de venir personalmente a informarte de la situación. Prefirió quedarse en Marbella y enviarme en su lugar –bufó con indignación–. Suerte que estaba apenas a un día de distancia. Las loicas cantaron que todas las llamas del clan del norte fueron asesinadas. El clan de la ribera sur del río Tronador también envió un canto alertando que algo o alguien desangró a sus ñandúes. Y hace tres noches los perros del clan de los bosques del este aparecieron degollados.
–¡Pumas!
–No lo sabemos. Cada clan enviará emisarios para narrar lo sucedido. Llegarán en ocho días. Como mi despreocupado hermano Ulte se encuentra en Marbella, tú tendrás que recibirlos.
–¿Por qué yo? No es mi deber.
–Como hermana del líder tengo potestad para decidir si yo o alguien más atiende estos asuntos. No es trivial lo que ha ocurrido. Los aldeanos no necesitan a un líder ausente e incapaz de tomar decisiones como Ulte. Quieren a alguien que les infunda seguridad. ¡Desean un guerrero! Aunque solo sea por esta vez, asume el puesto que te corresponde, Sauce. Esa es mi palabra y debe ser respetada.