Capítulo 4. Conocer el territorio

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Junco recogía con fuerza la red que había arrojado a la desembocadura del río. Sus músculos infantiles apenas podían con el peso de los peces que había atrapado. Alternaba con ambos brazos, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Mantenía un ritmo constante. Su red tenía cerca de cuatro pescados, todos enormes. Dejó la captura sobre el lodo de la rivera y se sumergió, nadando desde las dulces aguas de la desembocadura del río Tronador hasta las saladas aguas del mar Tranquilo y, tras largos minutos, salió con una bolsa de cuero con algunas lapas, choritos, algas y locos.

Habían transcurrido dos semanas desde la partida de Palma y sentía un gran vacío. Era uno de sus mejores amigos y, para no caer en la tristeza, pasaba el tiempo capturando peces y moluscos, y recolectando frutos para la gente de la aldea. Cuando no lo hacía, se dedicaba a recorrer en solitario la playa y los bosques costeros.

–La soledad no es buena compañera. –Se acercó su padre al encontrarlo sentado en los roqueríos junto a una manada de lobos marinos y unas pocas gaviotas que sobrevolaban en círculos, graznando por alimento.

–No estoy solo, los animales me acompañan. –Le arrojó una cola de pescado a un pelícano.

–Sabes a lo que me refiero, hijo. –Se sentó a su lado–. Sé que extrañas a Palma, pero hay otros niños en la aldea.

–La mayoría son menores que yo. El más grande apenas tiene diez años y lo único que hacen es jugar. Yo quiero hacer cosas importantes.

–¿Por eso dedicas tu tiempo a la pesca? ¿Por nuestra gente o para calmar tu tristeza? –Junco guardó silencio–. No desquites en la Tierra la pena por la partida de tu amigo. Piensa que solo está a unos días de aquí.

–No puedo molestarlo mientras dure su entrenamiento.

–¿Y qué harás durante todo este tiempo?

–Quiero servir a mi pueblo –afirmó con tristeza.

Sauce le señaló a unos aldeanos que estaban a lo lejos, buceando y tirando redes en la orilla de la playa. Habían capturado mucho alimento.

–¿Sabes por qué ellos son capaces de pescar tantos peces sin necesidad de esforzarse o salir todos los días a la mar como tú lo haces? Es porque conocen esta tierra y su mar. Somos un pueblo costero. La mar es lo más importante para nosotros. –Apuntó con su mentón al océano que a esa hora se veía de un majestuoso azul brillante–. Aprende a leer las mareas. Los espíritus nos envían mensajes a través de ellas. Nos enseñan, nos aconsejan, nos dicen dónde buscar alimento, cuándo lloverá y cuándo saldrá el sol. Aprende a sentir la brisa y a leer el vuelo de las gaviotas y de los pelícanos. Los espíritus del viento y de la mar se unen para ayudarnos. Respétalos. No entres a la mar sin su permiso y, si sacas algo de ella, dale otra cosa a cambio y no abuses de sus bondadosos regalos.

 

Juntos cargaron la captura de ese día. Subieron por la Colina de La Victoria y se detuvieron a descansar en la cima.

–Si quieres procurar alimento a tu pueblo, Junco, debes conocer tu territorio. ¿Sabes el nombre de aquel río? –Apuntó hacia el sur, a una enorme porción de agua que bajaba desde el este.

No era un desafío complejo para el pequeño, conocía esas aguas desde que nació.

–Es el río Tronador. Nace en la cordillera de Piedrafría y termina en el humedal.

–Que llamamos…

–Nido de Garzas –respondió con rapidez.

–Bien, bien. ¿Y cómo llamamos al bosque que rodea a El Claro?

Había escalado aquellos árboles desde antes de aprender a hablar.

–Bosque Pardo.

Sauce asintió con un gesto orgulloso.

Emprendieron el descenso y en el camino se encontraron con la sabia Totora Hierbanoble, una de las integrantes del Consejo de Ancianos de Tierraíz. Sus más de ochenta años habían transformado sus ojos aceitunados en grises, adelgazado su piel, dibujado manchas en sus manos y sienes, y teñido de blanco sus largos cabellos azabaches. Vestía una manta negra, un fajín de lana del mismo color y apoyaba su humanidad sobre un cayado nudoso adornado con incrustaciones de huesos.

–Sauce –dijo la anciana con voz grave y carraspeada–, Amancay desea hablar contigo. Te espera en su hogar.

–¿Ya llegó? ¿Qué es lo que desea?

–Doy su mensaje, no hice preguntas.

Sauce resopló resignado.

–¿Podría ayudar a Junco a llevar esto a El Fogón mientras me adelanto, por favor? –Le entregó una bolsa llena de peces y mariscos.

–No hay problema, muchacho –respondió y Sauce marchó con desgano.

–Esa Amancay. –Suspiró la anciana Totora–. Le pone los pelos de punta a tu padre. –Junco se preocupó. Su padre siempre llegaba de mal humor cuando regresaba de hablar con Amancay–. Tranquilo, él sabe cómo tratar con ella. No tienes de qué preocuparte.

 

Tras dejar la captura en El Fogón, Junco mantuvo una mirada pensativa en la anciana. Hace mucho tiempo su padre le había contado que ella era una de las mujeres más sabias de Tierraíz, conocía los secretos de cada región y de sus habitantes, desde el árido desierto del norte hasta las heladas tierras australes. No había río, lago, bosque o montaña que no estuviera en su memoria. Todo ese conocimiento lo obtuvo tras La Guerra de las Veinte Lunas, nombre que le dieron a un gran conflicto de antaño del cual ya quedaban pocos testigos vivos. Cuando la paz fue alcanzada, Totora fue designada como mensajera de buenas nuevas, por lo que recorrió sin descanso todos los pueblos para entregar la noticia, travesía que le dio una comprensión total del territorio. Muchos años después, ese conocimiento generó la estrategia que permitió poner en jaque al rey conquistador Emilio Martesta y a sus Huestes del Corazón de Hierro, ganándose un puesto en el Consejo de Ancianos. Lamentablemente, su avanzada edad ya no le permitía asistir a los cónclaves, por lo que ahora pasaba sus días en Rocalga, donde narra historias a los pequeños de la aldea y ayuda a quien busque su sabiduría. “¡Yo necesito ese conocimiento!”, pensó Junco.

–Anciana Totora, ¿puedo preguntarle algo?

 

La ternura causada por el entusiasta interrogatorio del pequeño apenas cabía en el avejentado cuerpo de Totora Hierbanoble. La sabia escuchaba con paciencia frases como “servir a mi pueblo. Conocer mi tierra. Respetar a la mar”. “¿Cómo no ayudar a un chiquillo tan apasionado?”, pensó, y juntos fueron hacia los lindes del bosque Pardo. Allí, la anciana se sentó sobre el tocón de un árbol y bebió una infusión de hierbas.

–Conocer el territorio es una cosa, Junco, pero entender los mensajes que los espíritus nos dejan para que puedas servir a tu gente es algo muy diferente.

–¿Y cómo lo consigo? No lo comprendo.

–Primero debes peguntarte, “¿para qué deseo este conocimiento?”

–¡Para servir a mi pueblo!

–Buena respuesta, pero no por ello vas a pescar, cazar y recoger hierbajos indiscriminadamente. Si cometes tal falta, se acabarán los animales y las plantas, y, si eso pasa, todos nos veremos afectados. Si la naturaleza sufre, nosotros sufrimos; si ella está bien, nosotros también. No debes pescar por pescar, ni cazar por cazar, debemos respetar y retribuir lo que nos entrega la Tierra, pequeño.

–¡No soy un pequeño, ya tengo doce años!

–Eres pequeño para la inmensidad en la que habitamos. –Comió un trozo de tortilla y le convidó una porción a Junco–. Y es a través de esa inmensidad que los espíritus nos hablan, pero no todos pueden escucharlos.

–¿Tú puedes hacerlo?

–No. –Sonrió–. Aunque hay algunos que sí pueden. Y sus sentidos van aun más allá, y entienden el canto de la lluvia y el lamento del atardecer, no solo escuchan a los espíritus, sino que son capaces de hablarles, recibir sus consejos y entender sus señales. Si quieres ser como ellos, debes dejar que la brisa te anuncie la llegada del otoño, que las aves te canten el arribo del verano, que las mareas te enseñen a prever los días de lluvia, que la luna te advierta del peligro.

Junco se quedó en silencio, pensativo, y recordó la luna de hace un año.

–¿O sea que la luna roja nos estaba advirtiendo de una amenaza? –preguntó.

Totora evocó aquella fría madrugada. Después de esa noche todo fue distinto en Tierraíz, los chamanes se pusieron en alerta y los líderes de los pueblos iban de una aldea a otra. La anciana le acarició el hombro con ternura.

–Nos quería advertir que debemos disfrutar de nuestra vida, muchacho.

“Porque quizás se nos acabe pronto”, continuó para sus adentros.

El despertar de los mares – Luna roja

Libro financiado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Línea de Creación, convocatoria 2016, Gobierno de Chile

© Edmundo Molina: 2025-S-229

Código registro propiedad intelectual Chile: 2025-A-4535

ISBN: 978-956-423-009-2