30
Cedro Vientocalmo mordisqueaba un trozo de tortilla al tiempo que refunfuñaba en silencio. Odiaba ser vigía, sobre todo aquella noche fría, con niebla espesa, rasante. Se envolvió con su manta, se encogió de hombros y bebió un poco más de licor para calentar el cuerpo. A esa hora de la noche la piedra en la que estaba sentado se sentía aún más incómoda.
El crujir de las ramas, el viento en las hojas o el paso sigiloso de algún animal lo ayudaban a mantenerse despierto en aquella soporífera vigilia. “Estas guardias son absurdas”, decía a regañadientes. Y ese pensamiento no estaba alejado de la realidad, pues Montepardo era uno de los pueblos más apacibles del continente de Tierraíz.
El vaho que manaba de entre sus labios se hacía más espeso a medida que pasaban las horas, por lo que alimentó con una rama seca la hoguera que lo abrigaba.
Desde la cima de Colina Centinela oteaba el horizonte, enfocaba la vista y, por más que se esforzase, no veía nada digno de preocupación, ni el más mínimo movimiento en derredor.
Crac escuchó de pronto a sus espaldas. Guardó silencio y agudizó el oído. Crac. Cuidadosamente sacó el puñal que guardaba dentro de su cinto y lo apretó fuertemente con su diestra. Dejó la jarra de licor a un costado y el trozo de tortilla lo depositó suavemente sobre el césped.
El sonido se repitió una y otra vez, cada vez más cerca.
Cedro Vientocalmo no era un hombre alto ni fornido, pero era un excelente acechador. De niño había sufrido la desventaja de su falta de cuerpo, por lo que su padre, un hábil cazador, le enseñó técnicas tanto para atacar a su presa como para defenderse de ella. Gracias a sus consejos, era capaz de combatir contra cualquier rival, aunque le sacara un palmo de estatura. Recordando las palabras de su padre, se deslizó sigilosamente de entre sus prendas, se ocultó y esperó.
Escondido entre unos matorrales vio aparecer a una criatura que no pudo distinguir por culpa de la niebla. Era imponente, de brazos y piernas gruesas. Se movía bruscamente, sin miedo a mostrarse. La criatura se acercó hasta la manta de Cedro, que seguía erguida simulando a un hombre sentado, y la derribó de un manotazo. Viendo que no había nadie en el lugar, la bestia se alistó al combate, alerta.
Cedro seguía agazapado entre los arbustos, esperando pacientemente el momento de atacar. Disminuyó la intensidad de su respiración. Cuando la bestia se arrodilló para revisar los pertrechos, Cedro saltó desde su escondite y se abalanzó con su puñal en alto, afianzándose con piernas y brazos a la enorme criatura. Le puso su hoja en la yugular, mas pagaría caro su acto temerario, ya que la bestia era más fuerte de lo que pensaba y con inusitada brutalidad arrojó a Cedro contra la hierba. Con una rápida acrobacia, el vigía se incorporó dispuesto a una nueva acometida.
–¡No me harás lo mismo que a Cedro! ¿Dónde está él? –gruñó la bestia y el vigía quedó helado ante aquella voz que conocía tan bien.
–¿Alerce? –preguntó sorprendido y bajó su puñal–. ¿Eres tú?
–¿Cedro? ¡Pensé que te habían asesinado o secuestrado! –Suspiró más relajado el dizque monstruo que no era más que Alerce Trombatroz, a quien llamaban el Árbol que Camina por su gran envergadura física. Se llevó la mano a la garganta y se sobó con cuidado–. Quería saber cómo iba tu vigilancia y por poco me degüellas –rezongó.
–Perdón… fue la niebla, no podía ver.
–Debes fijarte más en lo que haces –le espetó–. ¡No soy una persona difícil de reconocer, por todos los espíritus!
Alerce Trombatroz era uno de los hombres más respetados de Montepardo. Su valor superaba con creces su tamaño y fiereza en la caza. Años atrás, en el rito de la adultez, tomó lanza y maza y se internó en el bosque para realizar su primera cacería, rechazando cualquier tipo de compañía. Deseaba esa experiencia solo para sí. A diferencia del resto de jóvenes que regresaron a las semanas de partir, Alerce lo hizo a los dos años. Su cuerpo y mente habían cambiado. Había vuelto como un ser feroz, un guerrero en todo su significado.
–¿Está todo en orden? ¿Nada que alertar? –preguntó con voz hosca mientras arreglaba su manta desordenada por el inesperado combate.
–No, Alerce. Nada. Solo neblina y ropas húmedas –respondió el menudo Cedro mientras bajaba otro trago de licor de maíz por su garganta.
–El otoño es así –gruñó Alerce.
–¿Por qué subiste? Hace demasiado frío y estamos a la mitad de la noche. Yo estaría feliz durmiendo en mi cama.
–Desperté. Pesadillas. Algo me inquieta. –Observaba el horizonte en busca de ese algo.
–Relájate, no hay nada que temer. Todo está en completo orden. Bajé al arroyo, recorrí la rivera y no hay nada, ni siquiera animales. Todo duerme en Montepardo.
“Hasta los chunchos han cerrado sus ojos y no buscan por roedores”, se preocupó Alerce.
–Hablas mucho para alardear de tu sigilo. Calla. No puedo escuchar.
–¿Qué… qué cosa? –preguntó avergonzado el vigía.
–El viento…
De pronto, una brisa sopló desde el oeste, un rumor salino que acarició el follaje y el pasto adornado por el rocío. Tal fue su suavidad que Alerce dejó de lado su imagen fiera y cerró los ojos para sentir el céfiro en el rostro y oír la sinfonía que entonaron los enormes bosques que los rodeaban. Sin embargo, aquella cadenciosa melodía traía consigo una advertencia, una que solo se evidenció cuando la brisa empujó las nubes y despejó los cielos. Allí, en lo alto de la noche, contemplaron una siniestra luna roja rodeada por un halo macabro. Una luna de fuego, de peligro, una luna de sangre.
–Esto no es normal. La Luna nos quiere decir algo –dijo Alerce con preocupación–. Cedro, ve a buscar a la lideresa Olivilla. ¡Ahora!
Alertado por aquella visión sanguinolenta, Cedro obedeció sin chistar y, tras muchos minutos, llegó hasta la aldea. Las sencillas casas levantadas con troncos y techos de paja y totora albergaban un silencio intranquilo. En ese momento el vigía sintió el rápido latir de su corazón y entendió la preocupación de Alerce. Algo no andaba bien.
–¡Olivilla! ¡Olivilla! ¡Despierte! –llamaba desde la puerta de la choza a la lideresa de Montepardo, Olivilla Campofrugal.
Cedro se sobaba las manos, preocupado. No era un hombre cobarde y aun así su cuerpo no dejaba de temblar, ya fuera por la helada noche o por el enorme astro carmesí que adornaba el cielo nocturno.
–¿Qué pasa, chiquillo? Y habla bajo, que es de madrugada. La gente duerme –le reprendió Olivilla al aparecer en el umbral de la puerta. Era una mujer entrada en años, de cabellos grises y rostro enjuto. Estaba arropada con una gruesa manta negra–. Espera un momento ¿No deberías estar vigilando en Cumbre Centinela? –lo interrogó arrugando el entrecejo.
–Sí, pero Alerce me mandó a buscarla.
–¿Y qué hace él allá?
–Dijo que no podía dormir. Tenía pesadillas y fue a ver cómo iba mi guardia. Cuando llegó, vimos eso. –Apuntó a la luna.
La anciana guardó silencio al ver el astro enrojecido.
–No es un buen augurio. Nunca había visto algo así. Vamos, pues, hablemos con Alerce.
–¿Alerto a la gente?
–No, no hay para qué. Déjalos dormir. No hagamos un escándalo, por más extraño que sea este agüero.
Ambos emprendieron el rumbo a la cumbre, atravesando una gran arboleda llena de robles, espinos, ulmos, enormes hojas de nalca y acampanadas flores escarlatas. La senda era estrecha e intrincada y solo la gente de Montepardo la conocía bien. Cualquier otra persona se perdería por los laberínticos pasadizos del bosque y caería ante las raíces de los árboles sin encontrar nunca la forma de salir. Al dejar la foresta, llegaron a una explanada de pastizales con arroyos poco profundos que eran alimentados por un río que nacía del deshielo de las montañas orientales. Pasos más allá se levantaba un pequeño monte poblado de arbustos y hierbas, en cuya cima se alzaba una roca grisácea: habían llegado a Cumbre Centinela. Allí los esperaba Alerce Trombatroz, de pie, oteando a lontananza. El viento apenas movía su gruesa y azabache trenza que usaba como aljaba.
–¿Qué piensa de la Luna, lideresa? –preguntó al verla llegar.
–Podría tomarlo como un mal augurio, una advertencia. No debemos desoírla. –Se calentaba las manos con las brasas de la hoguera.
–¿Y usted puede hablar con ella? ¿Preguntarle qué quiere decirnos?
–Hablar con la Luna va más allá de mis capacidades, muchacho. Es un alto espíritu.
–Confío en usted –replicó el guerrero con seriedad.
La vetusta lideresa de la aldea guardó silencio. Bebió un largo trago de agua de hierbas. Se limpió la boca con el antebrazo, indecisa.
–Veré qué puedo hacer. –Suspiró al fin. Sacó unas ramitas de su faltriquera, las frotó con las palmas de sus manos y las arrojó al fuego.
El frío recorrió su espinazo al sentarse sobre el húmedo suelo. Acercó el cuerpo a la fogata, cerró sus ojos y susurró cantos en un lenguaje antiguo, los que fueron bajando en intensidad hasta volverse un murmullo tan silente como el posar de un zancudo en el agua. El viento dejó de soplar y se transformó en una sutil brisa otoñal. Todos los árboles y arbustos cesaron su baile y un silencio penetrante reinó en Montepardo.
De pronto…
–¡Allí! –gritó Olivilla saliendo de su trance e incorporándose tan rápido como pudo para su edad–. ¡Allí está el peligro! –Apuntó a los bosques de la falda oeste del monte.
Abajo, entre los árboles, vieron a unas criaturas que no se asemejaban a nada que hubiesen visto antes. Alerce sacó velozmente una flecha de su trenza, la posicionó en su arco y, cuando se alistaba a tensar, desaparecieron en el follaje.
Sin discutirlo, comenzaron la persecución. Por generaciones habían vivido en aquel territorio y lo protegerían de cualquier amenaza. Descendieron desde la cumbre a gran velocidad. Aquel espeso bosque no significaba un retraso para sus ágiles pies, todo lo contrario, cada raíz y rama les eran conocidas, permitiéndoles avanzar siempre más rápido que sus presas. Fue el ágil Cedro el primero en dar alcance a una de las criaturas, aunque hubiera deseado no haberlo hecho, pues esta lo derribó con un golpe tan feroz que el vigía agradeció cuando notó que aún tenía la cabeza pegada a los hombros. En el piso, mareado por el impacto, apreció en toda su magnitud al siniestro ente que se alzaba amenazante ante él. Una ola de terror inundó su mente, un sudor frío bañó su cuerpo. ¿Qué era aquel horror que las palabras conocidas no alcanzaban a describir? Sus ojos y su mente no comprendían lo que veía. Estaba contemplando al mismísimo odio, al deseo de acabar con todo lo bueno que existía en el mundo levitando con un pseudo cuerpo insondable, fundido con la oscuridad de la noche. Quien lo mirara apreciaría el sempiterno vacío de la muerte… de la nada. Cedro tuvo tanto miedo que le fue imposible reunir las fuerzas para levantarse. Echado sobre su espalda se arrastraba para alejarse de aquel espectro que parecía provenir de los ignotos abismos del otro mundo. El silbido que precedió a la flecha fue su salvación. Cuando el dardo atravesó a la entidad, esta se desvaneció en el aire, no sin antes emitir un sonido ininteligible que parecía proferir maldiciones en alguna lengua antigua y desconocida. ¡Alerce había llegado! El enorme guerrero se aproximó con su arco tensado y una nueva flecha presta a volar.
–¿Qué criatura era esa? –gritó Cedro aguantando las náuseas provocadas por el pánico.
No alcanzaban a reponerse del impacto cuando los árboles de los alrededores se agitaron con violencia. Se escucharon alaridos y gritos, rugidos y bramidos. Por entre las ramas pudieron ver a otras criaturas.
La cacería aún no terminaba.
–Sigan ustedes –jadeó Olivilla, cuya edad le hacía imposible continuar tal empresa–. ¡Persigan a esas aberraciones! ¡No deben pisar esta tierra ni un instante más!
Cedro y Alerce siguieron la pista de los espectros durante toda la noche. El bosque terminaba a escasos metros y las abominaciones ya no tendrían dónde esconderse.
–Prepara tu puñal, Cedro. Queda poco para que los alcancemos… y tendremos que luchar.
Al salir de la foresta llegaron al borde un acantilado que daba a una extensa playa de arenas pardas, y lo que vieron en el océano les heló la sangre: una inmensa isla de rocas escarpadas de la cual provenían lamentos, gritos y furibundas maldiciones en un lenguaje caótico.
–Alerce… esa, esa isla no estaba allí ayer ¡Nunca ha estado allí! –balbuceó Cedro.
El guerrero guardó silencio.
Cánticos cargados de odio y terror hicieron vibrar la tierra a sus pies, voces profundas que llenaban el cielo de miedo, desesperación y una oscuridad impenetrable. Desde la isla avanzaba una horda de entidades que parecían flotar sobre las aguas, todas prestas a acabar con la vida en esa tierra prístina. La sangre de Alerce ardió en deseos de combatir contra aquellos siniestros espectros que invadían su territorio, mas luego miró a su temeroso acompañante y sintió lástima por él y la corta vida que le tocó vivir.